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Composición dramática

 

Contado sin apasionamiento (XVII)


Un éxito. El concierto en el Palacio gustó al público y a los músicos; a ambos se les hizo corto, lo que era una magnífica señal. Gonzalo había disfrutado de principio a fin y se le notaba en la cara, la voz y los gestos cuando fue a reunirse con Rein y Lota; pero estaba cansado y con ganas de sumirse en un sueño tan gratificante como los aplausos.

    El eco triunfante resonaba en su cabeza al entrar en el piso. Hogar, dulce hogar, murmuró satisfecho. Y entonces se le pasó el sueño que le acompañaba desde su despedida en olor de multitud, y le acudió a perturbar el ánimo glorioso un gruñido de hambre. Demasiadas horas sin ingerir alimento y trasegar nervios acaban por desvelar al instinto de supervivencia. No había más remedio que calmar la protesta con unas raciones de comida en frío sentado al amor del buen recuerdo.

    Una hora después se metió en la cama, por supuesto fatigado y contento, con ganas de prolongar el momento; cosa que desvaneció por segunda vez el sueño que iba acopiando a medida que concluía la cena de madrugada. En resumidas cuentas, Gonzalo yacía feliz en la cama, desvelado y juguetonamente activo el pensamiento.

    "Qué le vamos a hacer."

    Algo provechoso, por ejemplo. Como leer los documentos que la detective Elena Gilberte había entregado a su amigo Rein y que éste, a su vez, le pasó con el propósito de conocer su significado también.

    "Una historia real."

    A la segunda página la realidad le turbó e introdujo un miedo sibilino de la clase que afecta a los perceptores de misterios. A Gonzalo le entusiasmaban los relatos de terror, pero eran ficciones; es como ver por televisión un episodio de vísceras aireadas o situarse en el interior de un quirófano observando la intervención quirúrgica de un paciente que se parece al que le mira con aprensión camino del desmayo. Era trágicamente real lo que leía en el informe de la detective. Una pesadilla motivada por una indigestión. Y sacudidoramente real fue el sonido del timbre que avisaba de una presencia en la calle, queriendo subir o bromeando; había que averiguarlo pese a la confusión.

    "¿Qué dicen?"

    Esas voces que hablaban a la espera de ser admitidas en el piso de Gonzalo.

    "No abro."

    Una de las voces era la de Elena Gilberte. La otra pertenecía a un interlocutor de la detective a la que ella trataba de usted.

    "¿Señor Ramírez, dice?"

    El siguiente impacto sonoro fue el de un ruido, imposible de identificar a distancia opaca. Pero la alarma en la voz de Elena daba a entender que ese ruido lo había provocado una caída a plomo o un efecto pirotécnico. Elena voceaba el apellido del súbitamente callado señor Ramírez. A continuación los esfuerzos por levantar un peso muerto...

    El timbre volvió a sonar, estrepitoso, insistente.

    Gonzalo preguntó quién era con la voz entrecortada y el corazón a pálpito galopante.

    Nadie contestó. Ni a la segunda ni a la tercera. Sin embargo abrió la puerta, como el que sabe que ha de cumplir estrictamente con el guion de la película.

    ¿A qué esperabas para abrirme?

    Isabel se mostró enfadada. A esas horas intempestivas es desagradable aguardar al otro lado de la puerta.

    ¡¿Tú?!...

    Sí, yo. ¿Has invitado a otra persona? He estado a punto de utilizar mi llave.

    A Rein, que apareció fantasmal detrás de una evanescente mujer enfurruñada, tintineando las llaves en su mano.

    Se te han caído en Palacio.

    ¿Son mis llaves?preguntó atónito Gonzalo.

    Claro que son tus llaves. Mi juego de llaves lo guardo en el bolsillo.

    Rein se palpó el bolsillo con las llaves.

    Pero..., yo he abierto la puerta..., de mi casa.

    Será que tienes doble juego a mano. Qué sé yo. La cuestión es que las perdiste en el concierto. Abelardo es testigo.

    ¿Quién?

    Gonzalo no había advertido la presencia de Abelardo, el anciano vecino de aquella casa misteriosa.

    Le felicitoexpresó ufano Abelardo. Su concierto ha sido emocionante. Interpreta usted muy bien.

    ¿Ha estado en el concierto?

    Con una de las entradas que tú me diste. Yo se la di a él.

    Gonzalo no salía de su asombro.

    Rein le reconvino con su característico estilo paternal.

    Tienes que ser más cuidadoso. Perder las llaves es un asunto muy serio. Imagina lo que hubiera podido pasar.

    A un lado de esta extraña situación se vivía otra aún más pasmosa y desconcertante. Isabel y Elena (por cierto, Elena era la persona con la que habló Abelardo por teléfono en su casa mientras Gonzalo saboreaba el vermú de grifo que le había servido el anciano), a duras penas, consiguieron levantar al señor Ramírez y conducido a una silla.

    Voy...

    Gonzalo ayudó a trasladarlo a la cama.

    Tiene mal aspectoindicó con fría profesionalidad Elena.

    El sufrimiento le aflora. Este hombre debe padecer una barbaridadacompasó Isabel.

    De repente (otro sobresalto con el protagonismo del señor Ramírez) saltó de la cama, impulsado por una energía renovada, se dirigió al balcón, que mantenía la puerta abierta pese a las ráfagas de viento, y casi abocado al vacío empezó a gritar el nombre de su hijo. Tal fue el lamentó que los espectadores quedaron sobrecogidos.

    Rein, con aplomo veterano, acudió en su rescate. Lo sacó del trance con buenas palabras y se lo llevó a la cocina a beber un vaso de agua.

    El señor Ramírez accedió mansamente a lo que le tocara en suerte.

    Elena inspeccionó el panorama desde la altura, escudriñando las sombras y los recovecos. Isabel la imitó un rato (segundos, minutos) y al cabo se encaró con Gonzalo achacándole la causa del episodio delirante.

    Gonzalo tardó en comprender que era objeto de una acusación todavía pendiente de pronunciarse.

    La detective tomaba notas en su cuaderno de trabajo. Isabel, acercándose al laso Gonzalo, mostraba los utensilios del verdugo.

    ¿Qué te pasa?interrogó Gonzalo a la defensiva.

    Isabel seguía en movimiento hacia él, amenazadora a la par que sarcástica,  pero no avanzaba. Los instrumentos que blandía destellaban violentamente por los filos.

    Isabel... Oye...

    Lacerante y certera la herida. Gonzalo sintió vivamente el itinerario mortífero por la zona elegida de su cuerpo.

    Elena volvió su mirada inquisidora a la escena del crimen y sin dar importancia al hecho ni a sus consecuencias reclamó atención para los desaparecidos.

    Enseguida hubo un desaparecido menos y un susto más. Carlos Rein reapareció a voz en grito anunciando que el señor Ramírez se había arrojado al vacío.

    A todo eso Gonzalo sentía el hormigueo molesto y doliente de la zona corporal afectada por la presión de una mala postura.

    "Qué dolor."

    Despertó entumecido y sudoroso.

    "Horroroso."

    Los documentos de Elena con la terrible historia del señor Ramírez aparecían desparramados sobre la cama y el suelo. Al recordar brumosamente su lectura le recorrió un prolongado escalofrío.  

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 01/05/2019