Esunmomento.es - Espacio de Miguel Ángel Olmedo Fornas,...

esunmomento.es

Estás en... Expresión > Narrativa

Misterio por duplicado

 

Contado sin apasionamiento (XV)

 

La noche del sábado es el momento elegido para incorporar audiencia a los actos programados. Carlota y yo estábamos obligadamente invitados a una asistencia obligada al Vía, el escenario urbano y cómodo donde Gonzalo presentaba un trabajo musicalun alarde de improvisación, lo calificaba el autor que había recibido el apoyo publicitario suficiente para contraer nupcias mercantiles con la crítica que bendice.

    Antes de personarnos en el conciertoen el que también participaban un par de colegas de Gonzalo, cenamos en un restaurante acogedor, frecuentemente lleno, con cuyo propietario tengo línea directa. Ventajas de la amistad. Carlota me notaba distraído, más bien ausente a ratos, lo dio a entender primero con una insinuación y después con un comentario de los que no dejan hueco a la duda. Y es que mi cabeza hurgaba en el misterio reciente sin extraer todavía una idea cabal que lo descartara como alucinación o, delirio, en todo caso compartido con el otro protagonista del acontecimiento. A Carlota le conté entre plato y plato lo que recordaba de lo sucedido sin añadir más interrogantes a los que parsimoniosamente danzaban en torno al desajuste de mi racionalidad, nuestra racionalidad, pues ya he dicho que Gonzalo sufría el mismo mal.

    La voz os pidió que pasarais.

    Eso es.

    Una voz pesarosa y amable. Uno detrás del otro llegamos al salón comedor, lugar donde supuestamente nos saludaría la anfitriona tras una espera indeterminada. Pero en la pieza oscurecida por la persiana bajada y la cortina corrida no había presencia humana alguna.

    Nadie a la vista.

    Nadie ni por asomo en una atmósfera lindante con lo lúgubre.

    Por extraña simbiosis especulativa, o quizá como muestra evidente de recelo, los dos sincronizados atendíamos el suelo, el techo y las paredes. El mobiliario a continuación: una mesa y cuatro sillas; una mesa rectangular desnuda de todo aditamento y cuatro sillas de diseño simple tapizadas de verde oliváceo. En el techo una lámpara de cuatro brazos y sendas bombillas carente de atractivo; tres tomas de luz, una de teléfono y un interruptor. Un inventario mínimo. Y ni un cuadro colgando en las paredes. Tampoco lucían ornatos hogareños en el recibidor, con un perchero vacío de ropa como centinela,  ni en el pasillo.

    Un piso deshabitado, podría decirse.

    Vacío...

    De vidasugirió ella.

    Huérfano de alma.

    La voz ocupaba un espacio indefinido allende nuestra presencia física. Como dos pasmarotes continuábamos adornando el salón comedor incapaces de movernos sin permiso.

    "Pasen."

    Uno tras el otro, Gonzalo en cabeza por suponerle una visita anterior que no avalaba ni su expresión ni el afanoso reconocimiento en busca de algo que le confirmara que la hubo, seguimos supuestamente la guía de la voz recorriendo las dependencias del viejo piso con escaso mobiliario sin uso. La mirada en barrido permanente de arriba abajo y de lado a lado no descubrió nada que satisficiera la lógica curiosidad y aplacara el cosquilleo intranquilo en el sistema nervioso.

    No hubo más voz ni más que ver salvo que hubiéramos abierto los dos armarios en sendas habitaciones y uno en el cuarto de aseo y los consabidos cajones y estantes cerrados en la cocina. ¿Debimos hacerlo?

    Al salir cerramos la puerta. Con cuidado y con sigilo de velatorio descendimos por la escalera planta a planta hasta airear los pulmones en la concurrida calle bañada por la luz. Nos miramos, nos volvimos hacia el portal, revisamos la fachada, inspeccionamos las supuestas ventanas del piso: una, dos, tres, cuatro; aterrizamos suavemente del vuelo fantasmagórico y caminamos hacia el coche con ganas de hablar pero sin saber qué decir con sentido en esa circunstancia extraordinaria.

    A lo mejor se repite la historia, dijo Gonzalo abriendo la puerta del coche, y entonces me vino a la memoria el encuentro con aquella misteriosa mujer, pero no así su inasible fisonomía.

    Él me contó su episodio y yo le conté el mío, y ninguno fuimos capaces de describirla convincentemente. Pero su voz...

    La voz, murmuraba Gonzalo.

    La voz, repetía yo en murmullo similar.

    Carlota incidió en la imposible imagen de la mujer.

    ¿Crees que era la misma? ¿Lo creéis?

    Yo no sabía qué creer. Sentado frente a Carlota, contemplándola como a una persona nueva en mi vida, una recién llegada que podía desaparecer al instante siguiente envolviéndome en enigmas, con los recuerdos burlones, las imágenes alteradas y acuciado por lapsus de identificación, ella podría ser la mujer misteriosa y cualquier mujer habría podido ser ella.

    Mis impresiones se asemejaban inquietantemente a las de Gonzalo.       

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 22/11/2018