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Una visita esperada

 

Contado sin apasionamiento (XIV)


A las trece horas y treinta minutos, andando y caviloso sobre el proyecto audiovisual y sus protagonistas, además de los plazos de configuración y ejecución, que afortunadamente en principio eran flexibles ambos, me acercaba al restaurante cuando me abordó discreta aunque persuasiva una mujer que mi deficiente capacidad para la fisonomía situó entre veinticinco a treinta y cinco años, dándome amplio margen de error en el dibujo de su edad.

    Mi percepción visual, habitualmente aguda quizá para compensar mis despistes y la deficiencia apuntada, advirtió la presencia dirigida hacia mí predisponiéndome al encuentro.

    Han de fijarse bien.

    Disculpe...

    Usted puede ayudarme.

    Era una voz lejana y fría.

    Usted y su amigo pueden ayudarnos.

    La suya era una imagen huidiza y frágil.

    No entiendo que me quiere decir. ¿Soy yo la persona a la que se dirige?

    Vuelvaninsistió ella sumida en misterio y en un tono de baja frecuencia que forzaba a concentrarse en sus palabras. Entren, miren y escuchen. Usted y su amigo pueden ayudarnos.

    ¿Nos conocemos?atiné a preguntar entre confuso e incomodado.

    Prescindió de una respuesta directa.

    Le dije a su amigo que no lo entendía, que nadie lo entendía. Lo siento. Me equivocaba. Su amigo tiene prisa, le esperan mañana, estará muy ocupado varios días. Pero hoy estarán juntos y les pido a los dos que se fijen bien.

    Nos pedía a los dos que nos fijáramos atentamente.

    En qué. Dígame en qué nos hemos de fijar mi amigo y yo.

    Su mirada penetrante nacida de unos ojos nerviosos, clavada en mi comprensible aturdimiento, todavía dificultaba más una visión impropiamente distorsionada pese al interés que le manifestaba.

    Ha de ser hoy. Hoy.

    Hoy, subrayó, sin añadir la muletilla de ¿comprende?, ¿entiende?, o la de no me falle o tendrá consecuencias. Y la mujer, asegurada de haber entregado su mensaje, desapareció entre una muchedumbre repentina interpuesta ante mi desconcierto curioso por su petición.

    A las trece horas y treinta y cinco minutos continué mi paseo hacia el restaurante desasiéndome de la interpretación de las palabras de la enigmática mujer, cuyo afán era el de ser creída sin más argumento que la insistente demanda, a medida que recortaba la distancia con la cita y me alejaba de su abordaje. La vida dispensa estos golpes de efecto para sazonar la cotidianidad reiterada de obligaciones y excusas con pizcas de sorpresa, de entretenimiento. Quizá era mejor atribuir el episodio a una mera confusión, los parecidos abundan en la calle, mi apariencia es convencional; la mujer debía andar algo trastornada por un suceso de los que afectan hondamente. Sin embargo, estas justificaciones que gratuitamente le otorgaba acrecentaron el misterio respecto a su persona y acción, y aunque no fuera capaz de racionalizar un encuentro que no encajaba en la calificación de fortuito, tampoco me era posible desecharlo de la memoria para favorecer el cometido que me aguardaba inmediatamente.

    En la puerta del restaurante aguardaba Gonzalo, que me había visto llegar con la cabeza en otra parte.

    Más distraído que de costumbreme soltó.

    Por culpa de los fantasmas.

    Entramos, ocupamos nuestra mesa y pedimos. Le puse al corriente de la reunión incidiendo en el aparte que mantuve con Martín Hispán, nuestro enlace con el resto de promotores. Las ideas iniciales empezaban a cobrar forma en las diferentes partes del conjunto.

    A la próxima reunión vienes y participas.

    Vale. Pero entretenlos unos días.

    Su expresión me hizo sonreír.

    ¿Cuántos?

    Diez, doce... Quince a lo sumo.

    Largo me lo fías.

    Tenía que contármelo aun a riesgo de atraer al gafe.

    Me ha salido un concierto. Un gran concierto.Con músicos de renombre y en un local impresionante. Una oportunidad de oro que solamente un estúpido dejaría escapar. Dos semanas como máximome garantizó tamborileando con los dedos sobre el mantel.

    Finalizada la comida, excelente, por cierto, y sin aceptar objeciones, a las que yo no pensaba recurrir, me invitó a que le acompañara.

    Ahora te lo cuento.Cosa que hizo al arrancar su coche dentro del garaje.  Es algo extraordinarioempezó.

    Mientras escuchaba su aventura en el añoso edificio, la treta de las llaves y aquel pintoresco anfitrión con el que había jugado al despiste, confieso que olvidé el mandato de aquella mujer extraña a la que no podía identificar por sus facciones. En cambio su voz, al aislarme momentáneamente, me sonaba en los oídos.

    Aparcó en zona verde y enseguida nos plantamos frente a la gloria desvaída del portal.

    Hemos llegado.

    Eché un vistazo en derredor y apenas advertí diferencias en los edificios vecinos. Pero no le hice dudar, ni parecía albergar ninguna al agarrar la manija.

    Qué raroexclamó. La puerta estaba cerrada. El otro día pude entrar.  

    Sería por la llegada de la ambulanciadeduje.

    Lo oportuno era pulsar el timbre correspondiente del interfono. Gonzalo vaciló un tanto, forzándose a recordar el piso y la puerta, dos por rellano. Al primer intento nos abrieron, sin preguntar.

    Has acertadofelicité, aunque él no parecía convencido. Nos costó dar con el interruptor de la luz, la debilitada luz que apenas alumbraba y con el piso.

    Será aquí...supuso al atisbar una puerta entornada.

    En el rellano nos quedamos a la espera de una invitación o un error o un rechazo patente ante nuestro entremetimiento en el taciturno estar del edificio. Presumíamos que alguna cara asomaría en el quicio, siquiera por curiosidad.

    Nada.

    Es raro.

    Pasen.

    Era un sonido asimilable a la voz de una mujer físicamente distante.

    Pasen -repitió, quizá cordialmente.

    Nos miramos como queriendo comprobar en la cara del otro la verosimilitud de lo escuchado.

    Pasen.

    Pasamos. Gonzalo delante, tanteando el suelo; yo detrás, ojeando el techo a la modesta luz del recibidor. Los dos perdidos en un desconcierto ridículo.

    Pasen.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 15/06/2018