Esunmomento.es - Espacio de Miguel Ángel Olmedo Fornas,...

esunmomento.es

Estás en... Expresión > Narrativa

La excusa

 

Contado sin apasionamiento (XI)

 

La tentación es un guía deslumbrante.

Gonzalo entró en el edificio con no excesiva cautela. A fin de cuentas, imaginó, quién iba a sospechar de una persona como tantas hay en la ciudad, movida por las preocupaciones cotidianas, que con la cabeza baja, el pensamiento en su mundo y los pies conocedores del camino, se mete en un portal y desaparece de la escena pública para inmiscuirse, por pura curiosidad -aunque tal curiosidad esté viciada por un llamamiento de sabueso-, en un escenario privado.

    Subió hacia no sabía qué piso por una escalera de alumbrado mortecino, de peldaños estrechos y gastados y olor a capítulos vencidos.

    En el primer rellano expresó un cordial deseo de buenos días a nadie, pero con la esperanza de encontrar un alma vecina que le informara del suceso; en última instancia, si al individuo le sonaba raro el interés, siempre podía optar por el recurso manido de autoproclamarse periodista.

    Ascendió los cuatro pisos husmeando las puertas de pomos en tiempos dorados, con las mirillas a juego, los felpudos antaño con menos raspa en la fricción, y el suelo que ni limpio ni sucio compendiaba el tono amustiado de los elementos en presencia. El conjunto respondía al silencio.

    Llegó hasta la puerta cerrada de la azotea, y en vista del reporte nulo de la aventura empezó a descender la escalera con sus partituras en la mano, con aire distraído, casi extraviado.

    Así accionó el timbre de la primera puerta de la segunda planta; y allí quedó esperando que un samaritano ocioso le atendiera. Lo que ocurrió gracias a su paciencia de investigador en ciernes y la colaboración de un anciano precavido tras la barra de seguridad.

    ¿Qué quiere?

    Disculpe, señor. Hace un rato... apenas nada, dos sanitarios han entrado con prisa en el edificio... y al salir se les han caído... unos documentos, que yo he recogido en la calle para dárselos, pero la ambulancia ha corrido más que yo... bueno, que aquí los traigo por si usted me puede informar...  

    ¿Yo?

    Hombre, si es usted tan amable, me dice en qué piso han estado y así yo, preguntando a quien lo sabe, localizo el hospital y devuelvo los documentos, que seguro le hacen falta a alguien.

    No puedo ayudarle.

    Vaya.

    No sé nada.

    Gracias de todas formas y perdone la molestia.

    Gonzalo abandonaba la primera línea de observación cuando el anciano retiró la protección de la puerta y mostró parte de su cuerpo al exterior.  

    —Espere. Conozco a todos los vecinos. Deme unos minutos e intentaré averiguar lo que me pide.

    —Gracias. Es usted muy amable.

Con el sobre de las partituras sirviéndole de excusa, Gonzalo se quedó a la espera mirando las paredes, el pasamanos, y el deslucido aplique, hasta que le reclamó la voz del anciano.

    —Pase. Aquello era una ventaja para su plan: Claro que no había plan al que ceñirse sino una mera improvisación que comenzaba a desbordarse. Venga, pase. Su buena obra merece una respuesta adecuada por mi parte.

El anciano lo condujo a una salita con el decorado envejecido, de por sí modesto, no obstante recargado, eludiendo en los moradores la sensación de terror vacui. Gonzalo pensó que hubo o había más habitantes en el piso.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 22/08/2017