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Real como la vida misma

 

Contado sin apasionamiento (VIII)

 

Elena Gilberte, alias Ele para los amigos excepto yo, que no me gustan los diminutivos ni los acrónimos ni las abreviaturas en los nombres, era una detective privado cotizada, una profesional de éxito con tarifas asequibles para todos los públicos, escalonadas, proporcionadas a la petición, al riesgo, a la previa complejidad de la tarea y al nombre y a la privacidad del cliente. Al principio, cuando se decidió por esa actividad tan imprevisible en su desarrollo, Elena me comentó, sincerándose, que aspiraba a convertirse en una autora de novela negra creíble.

    Quiero escribir sucesos de la vida real, con trazas novelescas porque no pretendo abundar en lo macabro ni en el entretenimiento frívolo.

    Claro, Elena; y ambos queremos que el cliente quede satisfecho y pague lo acordado; un trabajo bien hecho ha de tener su recompensa.

    Claro, Alonso; tu trabajo, mi trabajo, la actividad profesional libremente elegida, dignamente ejercida.

    Elena Gilberte portaba la cara del compromiso y la responsabilidad llevada a su honesta consecuencia; sus ojeras eran llamativas por lo reales y acusadoras de la fatiga, mostraba todo su cuerpo una tensión entregada a la causa. Estaba conmigo, pero por sus mientes galopaban los próximos movimientos de la enigmática partida que jugaba a diario; así debía ser.

    Entonces yo, también lector impenitente de los trasiegos neuronales de sus entrevistados, movido por la complicidad y un afecto allende la circunstancia, tomé entre las mías las manos de Elena silenciando la voz y los ademanes, unos segundos de tenue caricia a mirada ciega justamente correspondidos.

    Hay que recuperar los paréntesis, Elena.

    Eso quisiera... Este es un momento importante, el más importante de mi carrera que es tanto como decir de mi vida. No puedo parar... No debo plantearme un cambio en mi decisión; nada de nada. Este es el momento que todo profesional ansía le llegue. Me lo he ganado a pulso, lo sabes, y voy a por todas...

    Ya puedes elegir.

    A eso me refiero, Alonso. Se me han abierto muchas puertas hasta hace un tiempo inimaginables.

    Lo mereces. Nadie te ha regalado nada.

    Pero todo es efímero.  Lo que hoy es fama y prestigio mañana queda en agua de borrajas, todo el historial barrido por una ráfaga de maldito viento.

    A ti no te pasará...

    Si de mí depende, principalmente de mí, ten por seguro que no me pasará.

    Tu profesión está en alza en el mercado.

    Es cierto, pero la competencia es feroz, y también desleal en demasiados terrenos. Hay que prepararse a fondo, hay que mamar clases, prácticas, calle y archivos. Yo voy por libre, trabajo por mi cuenta y riesgo con un equipo reducido y variable que me responde para optar a lo máximo.

    Consumimos el tramo final de la cita caminando hacia el aparcamiento donde ella había dejado su coche.

    Eres tú más tus circunstancias y tu equipo. Me gustaría compartir unos ratos con vosotros.

    Cuando te apetezca, por supuesto.

    Sería gratificante participar de tus iniciativas.

    Acepto la sugerencia. ¿Quién toma la iniciativa?

    Tú, con tus cartas.

    Nos despedimos en la boca de acceso al aparcamiento. Elena me recordó otro compromiso.

    Cuentas con Gonzalo, ¿verdad?

    Que sería de mí sin sus improvisaciones.

    Elena sonrió. La mañana era tibia, pintada de grises claros; una mañana discreta, amable. Elena observaba alrededor elevando ligeramente su anguloso rostro, se la notaba rebosante de energía a pesar del cansancio y el hostigamiento de las preocupaciones. Ella era plenamente consciente de su episodio vital, sus ojos se posaban firmemente allá donde ordenaba. Y concluyeron su recorrido en la mirada que le dispensaba.

    Gonzalo "virtuoso" Duarte. Saludos para él. Recuérdale que me debe una sesión... una sesión a cuatro. ¿De acuerdo, Alonso?

    De acuerdo.

    Hasta pronto.

    Decidí seguir recorriendo calles viejas y nuevas esa mañana anónima en el calendario lectivo, calles con aroma de vivencia anterior y calles sin nostalgia ni reclamo. Un paseo ajeno a las horas y a cualquier demanda a la que pudiera demorar su cumplimiento, en compañía bajo el brazo de la abultada carpeta con sus muchos y hasta contradictorios motivos, que no me estorbaba.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 19/01/2017