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Las trazas del proyecto

 

Contado sin apasionamiento (VII)

 

Rodrigo aguardaba dentro de su vehículo leyendo el periódico, y con la radio emitiendo desde la sintonía acostumbrada. A las nueve en punto, cerrada con golpe suave la cancela de casa, subí al taxi por la parte delantera, nos saludamos y le indiqué nuestro destino aquella mañana; pero antes, como de costumbre, compartiríamos desayuno en alguna de las postas habituales.

    ¿Qué tal van esos asuntos?

    La pregunta ritual era la que abría la conversación, seguida de un resumen intercalado sobre los temas de actualidad común.

    Me ha llamado la atención...

    Siempre hay algo en la cotidianidad de los seres vivos que concita una mayor expectación. En el caso de los humanos puede ser un toque de advertencia, por un riesgo cercano, imprevisto; el aviso cauto del vigía insomne ante un acecho en las calles transitadas, ruidosas. Lo percibía nítido, insistente. Mientras Rodrigo conducía y hablaba miré al retrovisor de mi lado, al del otro lado y al central, como quien inspecciona en un control rutinario la correcta disposición de los espejos.

    Nos siguen. ¿Te has dado cuenta?

    Rodrigo comprobó la escena reflejada en los tres retrovisores.

    ¿Cuál de los coches?

    Quién dice que sea un coche.

    Nos seguían, probablemente sólo a mí, y me avine a participar del juego.

    ¿Paro a desayunar o acelero y los perdemos?

    Rodrigo cumplía veinte años al volante de su taxi, las había visto de todos los colores y lo podía contar, de hecho es lo que amenizaba los interludios entre noticia y comentario cruzados entre dos que no resisten la tentación de dar su parecer por las razones que se descubren al producirse.

    El desayuno manda.

    No tenía prisa. Al cabo de media hora me dejaba en las señas indicadas y le dije que le llamaría al acabar.

    Era pronto, me gusta llegar antes de que me apremie el tiempo pactado. Con la ventaja horaria a mi favor paseé la calle observando los escaparates y tomando notas mentales de la apariencia de los peatones, uno de mis entretenimientos favoritos; "un clásico de Rein", decía Gonzalo.

    Me vino su voz en el transcurso de la metódica liberación. "¿Sabes lo que quieres?" La pregunta estaba formulada a expensas de otra que subrayaba una hipótesis de convencimiento: "¿Imaginas dónde nos va a llevar?" "¿Lo imaginas?" Jugábamos a provocar respuestas circunstanciales, de prueba en prueba hasta revelar el autor y el móvil. La verdad en no pocas ocasiones se esconde, aletea, cosquillea, a la espalda, cual otra inadvertida sombra en un mundo sombreado.

    Transcurridos esos apacibles minutos en que se acuerda consigo mismo lo que conviene hacer a la vuelta del inmediato presente, ocupé una mesa en el lugar convenido y de cara a esa misma calle donde tantas cosas parecían empezar y acabar a ojos vista. Deseando sacar partido a la espera, mi expresión no evidenciaba el curso de unos pensamientos divagantes.

    Una espera breve.

    Excesivamente puntual me reiteró Elena Garcés tomando asiento tras depositar en la mesa una abultada carpeta.

    También a mí me gusta anticiparme a los acontecimientos.

    El placer de la espera con resultado apetecido. ¿Es eso, Alonso?

    Era exactamente eso; una forma de trabajar, una forma de vivir. La detective privado Elena Garcés aspiró la fragancia del momento. Al igual que yo, Elena había comenzado a ejercitarse al amanecer.

    ¿Qué tal? me interesé.

    Bien.

    O sea, en el buen camino.

    En la dirección correcta que lleva a alguna parte relacionada con el asunto.

    Pero no era el mismo asunto que nos había reunido ese día y a esa hora. Telefoneé a Elena para hablar de desaparecidos; concretamente para recabar información sobre un fenómeno con diversas vertientes y alternativas líneas de investigación atractivo para los medios audiovisuales. Ella disponía de un apartado, de uso exclusivo, para el intercambio informativo con el amigo de años, por lo que la cita se fue espaciando hasta que sin acerba exigencia recabé de ella un compromiso para encontrarnos y hablar. Elena acomodó como pudo el hueco y ahora ya estábamos en esa cafetería con minutos por delante. Suficiente para mí y para ella.

    ¿Qué tienes en mente? quiso saber la detective Garcés acercándome la carpeta.

    Es un proyecto que merece toda la consideración.

    Le referí al completo la gama de posibilidades que barajaba para llevar adelante lo que nos habían propuesto. No me reservé nada, incluso me explayé con las inmediatas y muy surtidas opiniones de Gonzalo. Fui concreto y franco, cosa de mucho agradecer para los atareados; aún no había decidido el qué pero sí el cómo. 

    El primer paso convino ella.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 19/08/2016