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La arquitectura de la discordia

 

 

El lenguaje anda surtido de recursos para deducir un significado, el concreto, el atinado, el pretendido al margen de un celador convencionalismo, de una maraña de interpretaciones cuya trama se extiende sobre la tierra y eleva hacia una altura que compite con la del simbolismo celeste.

    Menudea el eufemismo, uno de los mencionados recursos, a lo que en el habla cotidiana, la de más empleo, se aproxima a lo que se piensa y quiere expresar sin decir en puridad, con las palabras justas y adecuadas, lo que es; y si no cabe el eufemismo, por razones que no vienen al caso, sitio hay para la metáfora, que cumple las veces con poética descripción.

 

Pieter Brueghel el Viejo: La torre de Babel (1563).

Pieter Brueghel el Viejo: La torre de Babel, 1563. Museo de Historia del Arte, Viena.

 

Llámese pan al pan y vino al vino y dejémonos de rodeos e insinuaciones, dados uno y otra ellos a sembrar borrosidades en vez de luminarias, algo que conviene a la salud del intelecto.

    Con tanto sí pero no, por aquí o por allá y ya veremos a la salida, la ceremonia del dislate preside el catálogo de sinónimos, arma de doble filo que sirve para asentar una definición sin lugar a interpretaciones capciosas como para lo contrario, colando de rondón, de nuevo, una danza de paso adelante y paso atrás, media vuelta, ahora anverso y después reverso. Un lío de tamaño colosal en sube y baja, los fatuos escalando con uñas y dientes, los pacatos descendiendo a cuatro patas implorada la advocación de la mano salvadora y la lengua dilucidadora.

 

Pieter Brueghel el Viejo: La pequeña torre de Babel (h. 1563).

 

Pieter Brueghel el Viejo: La pequeña torre de Babel (h. 1563).

Pieter Brueghel el Viejo: La pequeña torre de Babel, h. 1563. Museo Boijmans-van Beuningen, Róterdam.

 

Un embrollo, sinónimo de confusión, un desbarajuste. Un apártate que voy. El epítome del coloquio entre el cielo y la tierra que dirime el conflicto surgido por la arrogante manía de grandezas de los moradores inferiores, harto vanidosos desde su pequeñez y fragilidad, y la escéptica frialdad, asaz despreciativa, manifestada por los habitantes del ático. Alegan en su defensa los que miran hacia abajo que sintiéronse obligados a repeler el asalto, ese intento desmedido, cruda y llanamente ostentoso, sinónimo de vanidad, de ocupar plaza glorificada en el sitial de los hacedores. Alegan en su descargo los que miran hacia arriba que su intento, pues no ha pasado de eso pese a la reiteración periódica, busca eliminar fronteras al tiempo que aúna voluntades y de las razas forja una especie asimilada, duradera y unánime, sinónimo de soberbia.

 

Hendrick van Cleve: La torre de Babel (s. XVI).

Hendrick van Cleve: La torre de Babel, s. XVI. Museo Kröller-Müller, Otterlo, Holanda.

 

Canta el coro de los infinitos las preces en el día de la liberación: Bienvenidos los idiomas de la discordia, Bienhallados los seísmos de la purificación, Bienquistos los caminos que separan la magnificencia de la mezquindad.

    Así sea por siempre jamás.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 20/02/2016