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Un sutil parecido

 

Contado sin apasionamiento (IV)

 

La trama estaba servida. Rein, tirando de experiencia, rápidamente elaboró un guion aproximado de los sucesos a continuación.

    Gonzalo precipitó el contacto.

    Tenía que dar el pego sin revelar mi identidad. ¿Solución? Registrar una nueva cuenta de usuario con una imagen que se hiciera pasar por mí pero que era la de un viejo conocido de la mili, que vi por última vez hace tres años, foto de grupo incluida, sólo tuve que recortarla y ampliar sus facciones, me quedó aceptable. Me convertí en un técnico administrativo de multinacional, que es decir mucho sin decir nada, y fijé mi residencia en una zona cara de la capital. Tuve mis dudas entre afincarme en Madrid-Aravaca o en Villanueva de la Cañada, por el juego que me daba cada opción.

    Resuelto el apartado de datos personales le quedaba esperar que el reclamo surtiera efecto. Lo que ocurrió pronto, tras dos mensajes de contenido galante y delicado, respondidos en un tono neutro pero abierto al intercambio, y paulatinamente fue ganando su confianza.

    Fácil el preámbulo. A través de las redes sociales es pan comido inmiscuirte en la vida ajena y formar parte de un submundo privado con tendencia a la intimidad.

    Buena definición acompañó Rein.

    El siguiente paso debía medirlo con cautela, pues un error de bulto daría al traste con su estrategia. Nada de cuanto dijera por escrito, en el improvisado chat dentro de la red que ella aceptó, iba a vincularlo con su verdadera personalidad. Se comunicaba "el otro", pero la información suministrada era para él y los rasgos distintivos del alter ego, aun sin delatar la presencia oculta, había de sugerir en ella un interés creciente por saber más de su interlocutor y por reunirse en una fecha cercana.

    Llegado el caso, el problema sería mayúsculo. Me vería a mí creyendo que su cita era con el autor de las frases que la motivaban a traspasar la pantalla. Me impuse no agobiarme, seguir adueñándome de su confianza y ganar tiempo para la puesta en escena. 

    Unas conversaciones cibernéticas más y Gonzalo saltó a la tercera fase. Ella se ausentaba de la cotidiana relación un día, quehaceres personales que ni alegó ni expuso, simplemente: hasta pasado mañana, y él aprovechó para viajar a Inglaterra, el primer país que aterrizó en su cabeza.

    "¿Quieres que te traiga algo?", le preguntó en el tono indiferente y cordial que marca el propósito de ser y estar.

    Barajó el atrevido pero simpático ¿qué quieres que te traiga?, que desechó por parecerle inconveniente a esas alturas; la idea que ella sostenía de él llevaba aparejado un misterio tentador, de los que se descubren al tiempo que se degustan y no defraudan.

    Me escribió este mensaje: Galletas chocolateadas de Cadbury´s y/o un toque personal. Buen viaje y éxito. Te confieso que me ilusioné; aquello prometía. Fantaseaba como cuando tú y yo nos lanzamos a definir un guion. Había logrado inventar un personaje con su historia, ambos mitad ficción mitad realidad. Y sólo de mí dependía el decantar la balanza hacia uno de los extremos.

    Finalizado el viaje a Inglaterra, Gonzalo reanudó la comunicación por el chat de la red y voló a la cuarta fase. Quedaron en el bar Icono, punto intermedio, lugar aparentemente aséptico y agradable, que les vino bien a los dos, para proceder a la entrega de la dulce ofrenda y verse las caras, los cuerpos y las expresiones.

    Rein acompañó a Gonzalo a petición de éste.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 06/12/2015