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Las primeras líneas de una obra

 

Contado sin apasionamiento (II)

 

Se tomó su tiempo para contestar a una pregunta directa, sencilla. Probablemente, Gonzalo la respondió a un personaje oculto, omnipresente en cada uno a la hora de revelar secretos, anécdotas con fundamento o ideas y pasajes de racionalidad, pasajes de sentimiento, antes de envolverla en voz.

    Te lo diré en seguida. Pero déjame adornar la historia, cosa que agradecerán los lectores ajenos a la impaciencia.

    No tengo inconveniente aceptó Rein. Y con ese conformismo dio a entender que su interés había disminuido casi a nivel de amistosa indiferencia.

    Entraron en la casa, por supuesto el anfitrión por delante. No hubo detalles que diferenciaran ese acto, ese día, de ocasiones similares, harto frecuentes. Porque la parsimoniosa lluvia que caía sobre la ciudad no podía considerarse un elemento distintivo, ni que la ropa desprendiera aroma húmedo, víctima de su protección, ni que ambos tomaran un tiempo de charla en pie previo a la continuidad sentada.

    Hay que trabajar.

    La cantilena de Rein, siempre que viniera a cuento.

    Primero la bebida, con o sin alcohol, depende de las ganas o del beneplácito del estómago, después algo para picar; todo a distancia higiénica de los papeles y los accesorios para desarrollar la actividad elegida.

    Música y texto, en este orden para Gonzalo. Discurrir y plasmar, en este otro riguroso orden para Rein.

    No era ella, amigo mío.

    No era Matilde aquella mujer protagonista de la aventura, o improvisación, por relatar.

    Tampoco era una desconocida en el estricto sentido del término siguió Gonzalo. Tampoco alguien sobre quien me había formado una opinión cabal. Yo no soy un analista de sistemas o personas, mis conocimientos matemáticos derivan hacia la creación de universos sonoros y, modestia aparte, de universos imaginarios con figuras articuladas en escenarios posibles a las que concedo un albedrío sólo condicionado a la resolución de los enigmas que planteo y me plantean a medida que discurren en su mundo.

    En tu mundo puntualizó Rein, como si él no disfrutara ejerciendo de sumo hacedor de criaturas, pensamientos y lugares con alma.

    En los mundos que surgen con la necesidad de acrecentar en atractivo el único tangible hasta la fecha.

    Hermosa imagen conservada, una belleza en el recuerdo. Gonzalo dijo que se llamaba Isabel y que, al igual que él, participaba a ratos de la experiencia de navegar en el ciberespacio acompañada de señuelos, frases simples, aparente cordialidad y la tentación de poseer una esencia nueva o redescubrir una sensación perdida de la que apenas se guarda memoria pero todavía se busca.

    Puede que la buscara, Rein. ¿Tú qué crees?

    ¿Qué sentiste al encontrarla?

    Quizá la buscaba para verla una vez más.

    Es difícil...

    Gonzalo apuró su bebida y fue a por más chasqueando los dedos de su mano libre. Desde la cocina llegaba a Rein una melodía tarareada.

    Era muy guapa. ¿Te acuerdas de Isabel?

    Rein tenía un vago recuerdo de ella. El catálogo de mujeres en la vida de Gonzalo era amplio y ninguna destacaba por su fealdad o, es justo admitirlo, por un comportamiento zafio, grosero, insultantemente vulgar.

    Intento situarla.

    Rein miraba alrededor sin fijar la vista en nada. El suyo era un paseo visual acostumbrado que le disponía a la escucha sin comprometerse a la par que le ofrecía una salida intelectual por si la historia adolecía de vanidad o reiteración en capítulos insustanciales. Pero es verdad que sus ojos, evadidos de cualquier trayectoria comparable, pedían a Gonzalo que siguiera. Rein gustaba de anotar en su cabeza antes de pasarlo a una hoja de papel, mucho antes de trasladar su inquieta caligrafía a la ductilidad de un ordenador.

    Gonzalo volvió a su asiento, a zarandear el hielo y a mojarse los labios. Bebía despacio las pequeñas cantidades que servía en copa o vaso largo.

    ¿Vas ganando la pelea contra el guión?

    A Rein le preocupaba la volatilidad del criterio en patrocinadores y clientes.

    Mi turno empieza cuando acabe el tuyo. No tengo prisa.

    Gonzalo tuvo serias dudas al principio respecto a ese encargo, y aunque sin disipar completamente su fe en Rein le mantenía en activo y a su disposición.

    No tengamos prisa. Lo bueno se hace esperar convino Gonzalo.

    ¿Isabel es lo bueno?

    Cuatro años de fidelidad lo avalan.

    Una relación discontinua, una relación sincera, una relación apropiada para dos espíritus enfrentados a sus contradicciones y aliados de confesables veleidades.  

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 12/02/2015