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Un nombre para cada persona

 

Contado sin apasionamiento (I)

 

Las dieciséis horas y treinta minutos del día 25 de septiembre de 2007. Asomado al balcón, a un piso de altura respecto al nivel de la calle. De nuevo el otoño, la estación de la gota fría, la estación que recupera sesenta minutos al horario natural. Las cuatro y media de la tarde de un día no especialmente señalado en el calendario, la mirada hacia ninguna parte en concreto, mirando sin ver aquí o allá, mi natural distante y en disposición de revista, más o menos acompañado del silencio; voluntariamente solo. Haciendo tiempo, como suele decirse.

    Así el cuadro, sin añadir detalles innecesarios para tomar conciencia. Me lo imponía con severidad: "No extiendas la descripción a una hoja en blanco". Antes de empezar cualquier aventura literaria hay que contender con varios inicios, dispares y liberados de rigidez estructural. "Toma notas como un poseso... y luego vuelta a empezar". Disciplina. Sobriedad. Método. Después de unos años y miles de hojas repletas de anotaciones el proceso adquiere las trazas del acto reflejo. "Escribe, escribe, escribe; que la invocada inspiración no te coja desprevenido".

    Con la mirada hacia ninguna parte y la mente a su aire. El compás de espera sosegado aportaba su habitual lío de recuerdos, nuevos y viejos, alejados o próximos o inmediatos, necesarios e innecesarios. En díscola presentación, por supuesto, arracimados los unos, dispersos y difuminados los otros; todos ocupando su parcela respectiva de memoria. La mayoría contemplados con indulgente escepticismo, aceptados como sucedieron, sin recurrir engañosamente a la ideación para habilitarlos a la personalísima conveniencia; entonces ya no son recuerdos pues dejan de ser materia reservada a la intimidad.

    Me lo vas a explicar.

    Ligeramente entonada hacia la interrogación. La frase se escapaba de mi boca, aunque sin riesgo de que alguien la escuchara. Podía creerme  tan solo como en paz conmigo mismo: un estado digno de conservar aun a sabiendas de lo vano del intento. Era la frase que le reservaba a Gonzalo; la misma adusta frase que sucedió a esta: "No me lo creo". Que a su vez había seguido aunque a exigua distancia a la pregunta: "¿Qué pasó en realidad?"

    Pronto lo sabría, a las cinco le esperaba en mi casa para ponernos manos a la obra con los prolegómenos de una tarea que desprendía un algo excepcional. Algo, no todo. Algo, más bien poco, anticipé a Gonzalo. Los compositores intuitivos como él merecen el beneficio de la parquedad; así, la mayoría de las veces, descartan en breve y a la brava de su amplísimo repertorio lo superfluo y lo accesorio. Es una forma de hablar para mis adentros. Gonzalo nació para ser músico y morirá como tal, me atrevo a vaticinarlo. De mí no sé lo que será a la vuelta de unos meses, porque mi actitud vital es volandera. Entre medio de tan genuinos e inalterables extremos, el nacimiento y la muerte, Gonzalo se desprenderá de su vocación por haberla agotado; un regalo para la posteridad. De él quedará su música, su sonrisa, su don de gentes y su afablemente disimulada independencia para decidir sobre el presente y el futuro: música, mujeres, ensayos y sorpresas.

    Dime, Rein, ¿has venido en coche?

    Esto mismo le suelo preguntar a Carlota cuando quedamos en lugares intermedios, seleccionados alternativamente, y ninguno de los dos sabe cómo llegará el otro. A mí me gusta conducir, pero también que me lleve  Carlota. Entonces, cuando ella conduce hacia donde sea, dejo libre la vista para que campe a sus anchas a través de los cristales, y el resto de sentidos colabora en la captación, asimilación e interpretación de los bienes recién adquiridos. Es una práctica que me satisface y a Carlota no parece molestarle en exceso.

    No puedo, Rein o simplemente "no puedo", "hoy no puedo".  Y no hay más que hablar. Si Carlota no puede lo dice con dos o tres palabras; si yo no puedo, lo adorno algo, me justifico un tanto pese a no hacer falta. Ella es parca y directa en sus frases, yo me extiendo algo más. Pero a solas, tranquilamente a solas, desarrollamos conversaciones harto prolongadas, inacabables a veces.

    Igual que con Gonzalo. Hablamos de lo divino y de lo humano sin proponérnoslo, obviando en tácita connivencia el motivo que nos reúne. Seguramente porque somos amigos.

    Qué me cuentas saluda sin énfasis. Casi siempre me pilla fumando, yo fumo cuando me da la gana, le miro a los ojos y le cuento algo, breve, por cumplir con el protocolo; después viene lo importante. Según Gonzalo yo soy el que acumula historias, yo soy el acumulador, el ordenado archivero, el recurso que no agota sus existencias. Es un halago, es una invitación a ser como soy. Un quid pro quo. A la recíproca, amigo. Tú vives las historias y yo las catalogo, guardo y cuento. Un equipo que funciona. ¿Desde cuándo? A quién le importa.

    Me puse a fumar mientras esperaba gratamente acompañado de una libertad menor. No quería hacer otra cosa que aguardar la llegada de Gonzalo, en su coche o en taxi. Vivimos demasiado lejos el uno del otro como para recorrer la distancia andando. Sería agradable dar ese paseo una o dos veces por semana, pero es una distancia que cubre dos localidades. Demasiado, demasiado.

    Vayamos rodando tercia Gonzalo, percutiendo con su dedo índice sobre la primera superficie que se pone a tiro-. Rodemos.

    Hace tiempo me decidí por la aventura. Me propuse caminar de mi casa a la suya; una caminata de un día largo, sopesé. Casi un día entero andando, al viejo estilo de la literatura vivida. Una experiencia grata, una fatiga honrosa. Ha merecido la pena, dije. Me sentía satisfecho por aquella modesta proeza que desbordó la primera respuesta al consabido: "Qué me cuentas"

    De acuerdo, Rein.

    O simplemente: "De acuerdo". A Carlota no le gusta divagar; a mí sí. Pero no acostumbro en público, ni siquiera con ella o con Gonzalo. Sólo en contadas ocasiones, con ellos dos, me voy por las ramas casi urgido de ello; sé que lo comprenden y lo aceptan. Puedo pasar horas dale que te pego desgranado una obsesión, una ocurrencia, una idea vaga. Es una terapia, acumulo demasiado entre texto e imágenes y tarde o temprano he de liberarme de la presión.

    Catarsis, catarsis propone Gonzalo. Y se entrega a improvisar armoniosamente con el primer instrumento que tenga a mano.

    A veces discutimos por los matices, más bien nos dejamos llevar de un amistoso afán por la controversia, tan incitador como oportuno durante los paréntesis: ¿cuál de nosotros necesita menos texto o menos notas para expresarse convincentemente? El que ofrezca la imagen nítida, acabada. Eso es, una imagen.

    Por ejemplo la mía en el balcón, fumando, dejando correr el tiempo sin empujarlo, a pasos cortos con la mirada donde le plazca. Especulando sobre nada en concreto, episodios al azar, pinceladas, apuntes; recordando, puede, la última colaboración profesional, antes del verano, con Gonzalo; quizá entretenido sin pretenderlo con la primera salida de fin de semana, hace varios años, con Carlota.

    La primera escapada esquivando el mundo cercano. A ella y a mí nos hacía ilusión, la misma que empeñan los adolescentes de última etapa o los jóvenes de primer trasiego. Preparamos a conciencia el escenario y los protagonistas ignorando el inestimable aliciente de la improvisación. Aun así, observando el guión, rígidos en la medida del tiempo, mereció la pena, disfrutamos de una intimidad ganada a pulso.

    Me ha gustado.

    Ella se llama Carlota y yo Alonso. Ella decidió apropiarse de mi apellido menos usual fonéticamente: "Rein..., te llamaré Rein. Será lo más original que jamás tengamos; lo más nuestro". Por mi parte no cercené una sílaba a su aristocrática denominación de origen. Ella no imaginó en aquel momento, tardé unas semanas o unos meses en reconocerlo, que el mantener la integridad del nombre obedecía a una conducta deferente con el origen de cada cosa; Gonzalo y Carlota eran hijos de la misma determinación personal. Gonzalo fue antes y seguramente continuará después; el trabajo vincula mucho, la amistad también y cada uno en su casa, a lo suyo. Carlota fue una elección correspondida en tiempo y forma, dos personajes aislados en medio de la barahúnda de un guión escrito sobre la marcha, una decisión afortunada en mi subjetiva opinión. A ambos nos vincula esa elección, digamos inesperada o impredecible según los cánones de la relación pública: una casualidad, un apartarse de la ruta intencionadamente un día cualquiera.

    Te llamaré Carlota.

    Y cada uno en su casa, con lo suyo.

    "Será lo más nuestro", dijo ella, por apostillar una decisión que nada de nuestras vidas cambiaba. "Lo más nuestro". Algo compartido al cabo de unas semanas, el tiempo que tardaron en conocerse Gonzalo y Carlota.

    Es una etiqueta que te ajusta... Rein. Sí... Una categoría. Ese es tu nombre de guerra y el apelativo íntimo. Definición ambivalente. ¿Me explico?

    Gonzalo no suele llamar por el nombre si la distancia facilita un entendimiento personalizado. Dice que ya no se acuerda de cuándo pronunció el suyo para sus adentros. ¿Y yo, me acuerdo? ¿Con qué nombre me llamo?

    Es puntual. Llegó a mi casa puntualmente, en taxi.

    Te veo bien.

    Y yo a ti.

    Fue cerrar la puerta y comenzar a llover. Eran unas gotas gruesas, pesadas; un aviso. Me gusta la lluvia. Me gusta mirar como llueve. Cuando llueve dejo que mi atosigada mente discurra a voluntad. Entonces me siento libre y reforzado. No me importa mojarme ni hablar bajo un aguacero.

    Empezamos a hablar de cara a la incipiente lluvia.

    Es una propuesta arriesgada, temeraria incluso dijo Gonzalo esbozando una sonrisa. Le he dado vueltas y... merece que lo hablemos con calma.

    De eso se trataba: de reflexionar en voz alta. Ya nos habíamos hecho a la idea, por teléfono; le conté lo imprescindible para que supiera a qué atenerse.

    Encendí un cigarrillo, tomé asiento de cara a la lluvia y antes de ponernos a debatir sobre el asunto le pedí que me contara la versión extendida y cierta de su última aventura (o improvisación).

    No era Matilde.

    No es Matilde. Podía haber sido Matilde, las casualidades se suceden en los tramos de visibilidad reducida y alta concentración imaginativa. Pero no es Matilde.

    ¿Quién es ella?  

    Empezó a explicar quién era ella.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 14/01/2015