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Opinión solicitada

 

 

 

Doy mi opinión si me la piden, ya sabes. No hace falta que extienda argumentos para justificar una conducta lógica, de sentido común. Hay que prever los acontecimientos con suficiente distancia y medios intelectuales para evitar que las andanadas de la decepción o la envidia, muy parejas ellas, salpiquen o acierten en la diana. Sólo doy mi opinión si me la pide alguien que a mi juicio merece la entrega de lo que me solicita. Es un criterio de racionalidad.

    Te vi aquellos días, pero como si no te hubiera visto. Los dos andábamos ocupados con asuntos personales, eso dijimos y era cierto en ambos casos. Cruzamos unas palabras y unos gestos sin fecha concreta, casi deprisa, concertamos un encuentro posterior, en algún momento propicio, y poco más. Ese fue el marco.

    El escenario no difería del periplo itinerante en el que nos ejercitamos. Tú a lo tuyo, metida en el papel de la reivindicación; el tiempo pasado a rastras. Los episodios anteriores circulando en paralelo a las ganas de cerrar lo que es imposible eludir.

    Yo a lo mío, a mi aire, nunca satisfecho, siempre tomando varios caminos a la vez.

    Me parece que la iniciativa fue tuya. Digamos que la carga de la responsabilidad fue tuya. Dejaste que pasara. Bien hecho. Mal hecho. Tú sabrás. Creo que no tienes por qué arrepentirte, salvo que tu inseguridad sea patológica. Jugar al victimismo cabe, lo contrario también. Pasó y basta. Dejaste que pasara pero no aprobó el examen. De lo que estoy seguro es que jamás ayuda el negar la propia esencia. Eres así, como yo soy de la manera que soy.

    Tenías ganas de que aquello sucediera. Lo conseguiste. A partir de entonces la pequeña historia común te ha inscrito en la nómina de los triunfadores. El que luego surgieran los conflictos emocionales, no voy a enumerarlos pero son varios, carece de importancia para destacar la relevancia de tu proeza.

    No me burlo, es ironía. Suelo reírme de mi sombra y critico mi silueta. Trasladado a tu demanda te reflejo en las mismas aguas.

    El dilema aflora a continuación. Claro. Si no estás convencida de la maniobra cualquiera que sea el resultado te va a generar dudas. Un dilema capcioso, hormigueante, incluso doloroso. Un dolor leve, un malestar.

    La improvisación hay que prepararla la víspera, ya me entiendes. Tú me entiendes. Un cabo suelto más o menos es soportable, otorga aliciente a la posproducción, pero un olvido, una renuncia involuntaria o un descuido indebido es un desastre. ¿De acuerdo?

    De acuerdo. Con el estómago agasajado y la apariencia cubierta el temblor interno disminuye y el externo se volatiliza. Aspecto impecable, al gusto me refiero, los recursos activados y una idea prevaleciendo, la que vale: eres tú en toda tu dimensión.

    La conciencia te dictó su veredicto: existes. Una existencia individual disgregada del grupo, de los allegados y del restringido círculo de afines. Plena conciencia de que tú eres tú sin vuelta de hoja, para lo bueno y para lo malo, en la salud y la enfermedad, en la bonanza y a la intemperie con inclemencias. Tú sin atajos. Tú sin mentiras. Tú en la sociedad como elemento único y distintivo (es una esperanza), como sujeto de elecciones y desarrollos.

    Sin engaños, sin excusas, sin confundir el cielo con la tierra, la luz diurna con la oscuridad nocturna o viceversa. Hermoso melodrama; bella, entrañable tragicomedia. Has sido elevada a la máxima condición: la de persona con libre albedrío. Aprovecha la oportunidad mientras puedas dominarla.

    Vístete de secreto y anda. Decide y anda. El secreto que acompaña a la verdad es un trofeo y, no lo olvides, una caja de resonancia de los suspiros, las confesiones huidas, los estados carenciales y los de acuciante necesidad.

    Recuerda quién eres, observa la razón de tus actos y viaja con las aspiraciones de cada etapa.

    Te sientes libre. ¿Te sientes libre? El sentimiento de libertad obra el milagro cotidiano de sacudir los lastres, las rémoras, las inercias y las recomendaciones tendenciosas con fin acaparador.

    Existencia propia, consciente, y libertad ganada, defendida y propugnada, son los valedores de la decisión personal.

    Puedes llamarlo contrato. Yo lo llamo contrato.

    Contratas con tu naturaleza, la que te brinda derechos y obligaciones, contratas con terceras voluntades una determinación asociada, conveniente y con cláusula de reversión, como las daciones. La revocación garantiza una válvula de escape a la presión desmedida.

    Audacia precavida para echar a volar en solitario, a dúo, trío, cuarteto de viento y cuerda o en manada. Afinados los instrumentos de navegación.

    No he mencionado nombres ni las acciones u omisiones protagonizadas. Eso es de tu incumbencia.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 08/10/2014