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Examen de conciencia insinuado

 

 

 

Estaba furioso, decepcionado y confundido, aunque digno de su intelecto conservaba la racionalidad atribuida a los seres cívicos, un ejemplo para la sociedad en torno. Puede ser una virtud o un defecto, una gran virtud o un inmenso defecto lo de amagar con el estallido o quedarse en la vía muerta de la inhibición. Estaba entregado a una ira sanadora de antiguos conflictos, pero no era suficiente con dar rienda suelta al instinto, por fin, no era el cauce para remansar la turbulencia de unos vientos reivindicando el poner cada cosa en su sitio.

    De una vez por todas, para siempre.

    Y eso, el cambio de actitud, exigía variar el rumbo de nada menos que una vida; o lo que se entiende por un largo, muy largo e insulso periodo de tiempo sobre cuyo origen no hay una explicación única, definitoria, convincente.

    Es difícil volver al punto de partida cuando se ha perdido la afición por los descubrimientos.

    Lamento. Malestar.

    La culpa borbotea cadenciosa e intrusiva en un perímetro acotado, en un lugar sabido, bajo la propia responsabilidad. Esta es la clave para salir del pozo sin fondo. Suma y sigue en el desglose: demasiado contemporizar, un exceso de nefasta tolerancia hacia la actuación ajena, deriva en una inconveniente laxitud del criterio y en una atrofia de los reflejos. La causa de la causa es la causa del mal causado.

    Sí, la omisión es una conducta perversa. Por mucho que se la justifique, y motivos para diseminar argumentos en pro de la víctima de abuso de confianza y usurpación de personalidad y funciones no faltan, la ausencia de respuesta contundente con marchamo de autenticidad al cotidiano desafío de vivir en el mundo pasa factura: por tonto, indeciso y confiado.

    Suspiro, hondo suspiro; aire que entra deprisa, a llenar los vacíos, aire que sale despacio, tentador.

    Quizá esa mesura arraigada al comportamiento le proporcionaba una mayor carga de tribulación que el origen de la desdicha. En realidad, los varios orígenes arquitectos en pirámide de la desdicha.

    ¿Y ahora qué?

    Ahora corresponde digerir el trance de ira. Luego, necesariamente en breve, unos minutos, unas horas, tendría que coger el toro por los cuernos y rematar la faena.

    Triste. Tantas largas cambiadas, tanta retórica, tanta ceremonia de adiestramiento para acabar solo, desvirtuado y expuesto, reconvenido de dentro afuera, burlado en la medida de los hechos y sacudido por los tentáculos de la mentira, ahogado por la opresión del engaño y desnudo e inerme ante las manidas tretas del fingimiento.

    Menudo papelón.

    Vaya, vaya...

    La impotencia desespera. Es una sensación de querer y no poder elevada a la enésima potencia. Nada de cuanto se pretende consigue traspasar la frontera trazada por el manejador de los hilos, impermeabilizada hasta del aliento.

    Un fiasco, además.

    La rabia sulfura, llega a cegar y paraliza la capacidad intelectual y la motora salvo para lanzar piernas, brazos y cuerpo contra la ficción de monstruos reptantes; pero también pide venganza, lo que es síntoma de lucidez en el aciago día que el cerrojo y las bisagras de la caja de Pandora han cedido. Hacer algo, tal cual la voluntad en liza, es la demanda a quien puede tomar la decisión; hacer algo, lo que sea y pronto para remediar el mal causado o para impedir que aquello tan perjudicial continúe avanzando. Sin recurrir a bálsamos aliviadores o placebos: acciones directas, acciones reales.

    Eso es: reacción.

    Reaccionar a favor de o en contra de, indistintamente. La traición merece un castigo ejemplar; también la revelación de secretos o la violación de la intimidad, y las afrentas, las injurias o las calumnias. Han de ser castigadas las conductas nocivas, los aprovechamientos fraudulentos y las falacias. Las palabras que mienten, a sabiendas del engaño, deberían volatilizarse en un espacio de estricta justicia habilitado de urgencia al sonar la alarma.

    ¿No la habías oído? ¿No hubo alarma trepidando en la antesala de la desafección, en el preámbulo de la puntilla, en la nota al margen de la obvia declaración de intenciones?

    Porque era obvio. De ahí el dolor. Una lanzada en la zona débil, en la zona desprotegida, en el ámbito de los sentimientos vulnerables.

    Con las cartas sobre la mesa, repartido el juego, es momento de obrar en consecuencia y, sin trampa ni cartón, asumir la parte de culpa inherente a un comportamiento pródigo en cesiones e idealismos. Limando, a continuación, las aristas, por lo general filosas, para que las heridas cicatricen al contacto de un remedio eficaz.

    Respira acompasado, consciente de la dificultad tanto como de la luz al final del túnel, que de esta sales. Con bastantes pelos en la gatera pero la integridad incólume, valga la redundancia.

    Todavía hay elección, y mientras sea posible elegir del mal el menos. De menos a más, en ascenso, con escalas, sin fatigas añadidas ni lastres evitables, aprestada la iniciativa, firme el propósito.

    Recuerdo que estaba furioso, quizá como nunca lo había visto, casi daba miedo acercarse; desencajado, contrito y ausente, una estampa para olvidar. Era la viva imagen de cada uno, de cualquiera de nosotros, superada la censura de la apariencia social. Entonces me pareció sincero, habiendo tocado fondo, condición imprescindible, y dispuesto al interrogatorio para recobrar el pulso a la confianza.

    De los errores se libra uno reconociéndolos, enfrentándose a ellos cara a cara, con el ánimo de superar el escollo. Sólo es posible librarse de los errores, al menos del segundo tropiezo en la misma piedra, aceptando que hay otras formas de ser y estar tan adecuadas, personales y dignas como fue la precedente hasta agotarse en el enésimo intento.

    ¿De acuerdo?

    Pues ya caminas en la dirección correcta.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 04/07/2014