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Poeta en dos siglos

 

Pablo Méndez: Oh, siglo veinte.

 

En un mismo mundo convive el pasado con el presente. En ese mismo mundo de convivencia forzosa habita lo propio con lo ajeno, lo íntimo y esencial con lo accesorio, lo esporádico, y con aquello perpetuado tanto por voluntad como por obcecación, que acaba siendo inercia y acunada costumbre.

    Rasgos acentuados en el poeta.

    El poeta precedido de fama, la suya y no otra, con nombre en diversas bocas reiterado.  Poeta no incluso en la nómina de quienes ignorantes de la categoría designan título, prez y memoria e imparten laureles a cambio de negocio floreciente con séquito incondicional. El poeta, otro, mejor todavía si le queda trecho y aliento fresco, leído por un público heterogéneo de ida y vuelta; gentes que a conocer destinan la mayor parte de su tiempo y luego, por dar sentido a lo que siempre lo tiene, aplicarse en lo aprendido.

    Poetas hubo y habrá en las dos realidades: la del veinte y la del veintiuno, siglo padre y siglo hijo; dos contrastes ante una mirada que escribe hoy el relato de un ayer cercano, familiar, no pocas veces mitificado, también en demasía maldito y por error vencible oculto y usurpado.

    Realidad palpable. Nos vio nacer y empezar a crear el siglo veinte; nos sintió movernos en sus años, hablar y pensar, tomar partido, romper y decidir. Nos dio por interpretar con los aires de las épocas, un tiento aquí una tentación allá; y nos previno, aunque en voz baja y con el gesto parco, del sofisma y la añagaza, proyectados al ser adulto con intelecto militante. Sólo la experiencia sabe guiar a través de la penumbra. Siglo de innovaciones y despidos: adiós románticos de bella factura; siglo de comunicación inmediata, de estereotipos, modas y frases hechas; de recuerdos perennes y de reiteraciones.

    Fue el veinte un siglo de contrastes orientados por la paradoja humana y de posicionamientos en defensa y ataque de las sucesivas contradicciones, vanidades y aniquilamientos. Nada extraño a los siglos precedentes, que de casta le viene al galgo, no obstante con un cariz manifiesto: la prisa; una característica extemporánea: correr para llegar; un estilo de vida precipitado.

    De la noche a la mañana los cambios, de la mañana a la noche la alteración artificiosa del paisaje. El uno en declive, la individualidad condenada; la suma, el número añadido, la masa obediente pactaba la diferencia.

    La palabra había esgrimido el doble filo, y de la palabra hicieron bandera los nuevos órdenes para promover y difundir ese duelo que conduce al quebranto. Largo periodo amurallado con satélites al acecho. Hasta que la cordura impuso una vía de acceso a la salida del aprisco; hasta que la idea ha sobrevolado la contumaz ideología. Renació el espíritu en los actores y eso trajo esperanza al público, que siempre espera una recomendación de sus electos.

 

Echamos de menos lo que el siglo veinte se llevó, personas, episodios, páginas. A nuestras tragicomedias personales les cuesta abolir una definición absoluta ceñida a un discurso o a una mera declaración, era el rito de iniciación que nos posicionaba en favor o en contra de lo que, afortunada coherencia, al caer las hojas del calendario se tornó positivo, acogido, o negativo, evitable.

    Aún está cerca el siglo pasado, demasiado cerca de sus hijos. Eso, quiérase o no, provoca sucumbir a la comparación y, acto seguido, a la continuidad, inscritos como grupo en el censo de las rectificaciones, de las omisiones activas y las amnesias institucionales. Todavía está en venta quien halló acomodó en la venalidad.

 

Ayer, como quien dice, fue el inicio para el poeta. Sin esa visión retrospectiva que enseña y percibe le afectarían los males mundanos y su obra adolecería de pasiones insensatas y prejuicios, como entonces y ahora señalan los que de ellos pudieron librarse.

    De las sombras del perverso juego de poderes se ha liberado Pablo Méndez, poeta en dos siglos, joven y maduro a un tiempo, incisivo y cortés, de verso mordaz, suelto y cálido; fedatario de lo que cada uno quiere ser.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 23/05/2014