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El doctor Fausto en la literatura (IV)

 

 

Dieciocho años después de publicado el episodio de Margarita(1808), aparecía la primera parte de Fausto, tal como hoy la conocemos. El gran poeta no había dejado de trabajar un año y otro año en aquella obra de toda su vida, en la cual derramaba su inteligencia, su alma entera. No estaba completa aún su inmortal concepción; pero el asunto quedaba expuesto y perfectamente diseñados los caracteres de los dos personajes principales, Fausto y Mefistófeles, creaciones ambas prodigiosas de su potente numen.

    El Doctor de la leyenda, toscamente esbozado por los piadosos autores que querían castigar en él las audacias de la ciencia descreída y del precoz libertinaje, conviértelo Goethe en tipo acabado de la humanidad soñadora y descontenta, con todas sus aspiraciones infinitas y todas sus flaquezas miserables. Cuantos hayan experimentado el cansancio de la vida y las ansias de lo imposible, cuantos hayan sufrido ¿y quién no los sufre alguna vez en estos tiempos?los tormentos de la fe perdida o vacilante, sentirán palpitar su alma en el alma de aquel Doctor, tan docto que no le acosaban ya escrúpulos ni dudas, que no temía al diablo ni al infierno, y sabía tanto que había perdido todos los encantos de la vida.

    Así, a lo que hay de eternamente humano en los anhelos irrealizables del Fausto tradicional, une Goethe lo peculiarmente característico de nuestra edad: el escepticismo. El Doctor de la leyenda era irreligioso, era impío; pero su alma vigorosa se entregaba con fe y ardimiento a los arcanos de la magia, a la alianza con l diablo, al goce de los ansiados placeres. El Doctor de Goethe no cree en Dios ni en el Diablo; no sabe qué pedirle a éste cuando le ofrece todas las felicidades de la vida y si por un instante pasa afanoso del deseo al goce, en el seno del goce ansía otra vez y echa de menos el deseo.

    Mefistófeles, el demonio vulgar, deforme y espantoso de la Edad media, conviértese también en la más extraña y original figura de la poesía moderna: Madame Staël, uno de los primeros escritores que dio a conocer el mundo latino aquel poema germánico, que aparecía entonces como un engendro caótico, engendrador del vértigo en el ánimo de los lectores (De l'Allemagne, por Madame Staël, parte II, cap. XXIII), decía de Mefistófeles que es el "Demonio civilizado". Ya nos había dicho ese mismo personaje infernal, hablando de sí propio en la cocina de la Bruja: "La civilización, que todo lo pule, llega al mismo Diablo: el fantasmón del Norte no está ya presentable. ¿Dónde ves cuernos, garras ni cola? En cuanto a mis patas de cabra, no puedo prescindir de ellas; pero me queda, como a los elegantes del día, el recurso de las pantorrillas postizas."

    No estriba, empero, la principal novedad del Diablo de Goethe en haberle quitado su aspecto horripilante y monstruoso para convertirlo en camarada jovial, decidor, casi amable; sino en la forma peculiar que en él reviste el espíritu del mal. Mefistófeles, demonio de segunda clase y de rango inferior, por lo demás, genio infernal a la menuda, destinado sin duda por Satán, a las empresas menos dificultosas lo cual no es muy lisonjero, en verdad, para los sabios presuntuosos como el pobre Doctor es, según él mismo nos dice,  el espíritu de negación: "Yo soy el Espíritu que lo niega todo." ¡Y cuán bien, la suprema ironía, uno de los caracteres predominantes en la inteligencia serena y reflexiva de Goethe, da vida diabólica a ese espíritu de negación! Mefistófeles es la sátira encarnada, sátira profunda y sangrienta unas veces, festiva y bufona otras. En el tremendo drama del Doctor Fausto representa a la vez el papel de traidor y el de gracioso: en ocasiones nos indigna y subleva como Yago, en ocasiones nos divierte y nos hace reír como Scapin; y al fin y al cabo, tenemos que convenir, con el Padre Eterno, en que a pesar de sus malignidades y astucias es el menos temible de los Espíritus infernales.

    ¿No se ve en todo esto la propensión a no tomar en serio la historia portentosa del Doctor Fausto? Goethe, hijo de la filosofía escéptica del siglo XVIII, espíritu crítico, y aunque religioso en el fondo, desligado de toda religión positiva, no podía admitir con piadosa sinceridad la leyenda inspirada por la fe viva de otros tiempos; apoderóse de ella como simbolismo adecuado a la expresión de su pensamiento, pero mofándose a veces de su propia fábula Hizo con la poesía religiosa de la Edad Media lo mismo que Ariosto con su poesía caballeresca; el autor del Fausto no creía en los ángeles ni en los diablos, en las brujas ni en los aquelarres, como el autor del Orlando furioso tampoco creía en los caballeros andantes ni en los castillos encantados: escribieron, no obstante, sobre esos temas dos obras que nunca morirán, y que quizá son más admirables por mezclarse en ellas las burlas con las veras.   

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 17/07/2012