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El doctor Fausto en la literatura (III)

 

 

En Inglaterra fue donde la literatura culta y profana se apoderó primero de la piadosa historia [la del Doctor Fausto]. Un predecesor de Shakespeare, Christopher Marlowe, poeta y comediante como él, liviano y aventurero, revoltoso y descreído al decir de sus coetáneos, que en la segunda mitad del siglo XVI vivió desordenadamente y murió joven en riña con un rival que le robó su querida, llevó al naciente teatro inglés aquella lúgubre figura. La tragedia de Marlowe, a pesar de los apasionados elogios de su traductor francés, Francisco Víctor Hugo, que quiere sobreponer algunas de sus escenas a las del poema de Goethe, no es más que una obra apreciable bajo el punto de vista de la época en que se escribió; pero no la iluminan los resplandores del genio. El Doctor del dramaturgo inglés es el mismo de la leyenda alemana; el espíritu de la tragedia, a pesar del ateísmo de que su autor fue acusado, es el antiguo propósito de atemorizar a los impíos.

    Fausto es un libertino incrédulo, que por apoderarse de los secretos de la magia,, evoca al Diablo en un bosque y celebra con "Mephistophilis" el pacto que le ha de dar por veinticuatro años todos los goces de la vida. Revestido ya de los poderes mágicos, le vemos en Roma penetrando audazmente en el Consistorio de Cardenales y abofeteando al Papa; encontrámosle después en la Corte imperial, asombrando a príncipes y magnates con sus sortilegios y haciendo aparecer ante ellos la sombra de Alejandro Magno; y tras estos momentáneos triunfos asistimos al cumplimiento del plazo fatal, al arrepentimiento inútil, a la agonía desesperada y a la horrible muerte del impío Doctor, todo con estricta sujeción a la leyenda alemana.

    Marlowe no hace, pues, otra cosa que arreglar para la escena el relato primitivo, y no modifica su carácter, no le añade elementos sustanciales. El episodio de Helena quedó en embrión en su tragedia, como en aquel relato; la visión y la posesión de la hermosísima amante de París no inspira al Fausto del poeta inglés más que unos cuantos versos muy bellos, en los que resplandece fugitivo destello de aquel amor a la belleza clásica al que había de dar tanta parte el insigne vate alemán en la concepción de su obra inmortal.

    La tragedia de Marlowe quedó pronto olvidada; pero habíanse apoderado de aquel terrorífico y aparatoso argumento los teatritos de muñecos o polichinelas, y desde entonces formó parte muy principal de su repertorio.

    En Alemania, bien pasase a ella este Puppenspiele de Inglaterra bien naciese de la tradición indígena, la historia del Doctor Fausto representábase también en estos teatritos hasta los tiempos de Goethe. Gotthold Ephraim Lessing, uno de los más poderosos regeneradores de las letras germánicas, vio en aquella historia, relegada ya a tan humilde esfera, el germen de una hermosa tragedia y comenzó a escribirla. Su Fausto no es pecador incorregible sino varón virtuoso y sapientísimo a quien declara guerra el infernal Mefisto, y es, a la vez, amparado por la Providencia Divina., la cual burla al Demonio sustituyendo al Doctor verdadero por otro supuesto Fausto a quien fácilmente conduce por las sendas de perdición. Lessing dejó su obra sin terminar, poco satisfecho de ella sin duda.

    Esta es, en pocas palabras y a grandes rasgos, la historia del Fausto antes de Goethe. ¡Qué interesante capítulo pudiera escribirse, siguiendo esa historia, para ver cómo surgió en la imaginación de nuestro poeta, casi niño, la idea de su tragedia! (Entre las muchas obras alemanas que tratan del Fausto de Goethe destaco la reciente de K. J. Scher: Faust von Gothe mit Enleitung und fortlaufender Erklarung, de 1881). Él mismo nos ha dicho que la primera vez que pensó en ella fue al ver una estampa representando a Fausto y Mefistófeles que cabalgaban por los aires sobre la taberna de Leipzig que cita en su obra como teatro de una orgía grotesca, escena tomada de la leyenda primitiva. Cómo influyeron en la mente serena de Goethe el escepticismo sarcástico del siglo de Voltaire y  Diderot; las extrañas supersticiones que brotaban con Mesmer y Cagliostro del fondo obscuro de ese mismo escepticismo, y que en Alemania tomaban un carácter más grave reproduciendo las antiguas doctrinas cabalísticas; el estudio más profundo del arte griego, iniciado por Lessing en su afamado Laoconte; las tradiciones de la Edad media, embellecidas por el nuevo espíritu romántico; y el misticismo poético de Klopstock; cómo se combinaban esos elementos encontrados en su inteligencia sintética; cómo se fue desarrollando en la larga existencia del poeta aquel "asunto inconmensurable", según él decía de su obra predilecta: he ahí un interesante cuestionario, del cual no cabe aquí más que esta somera indicación.

    Doctor Faust. Trauerspiel. Ein Fragment: así se titulaba un libro de pocas páginas que en 1790 salía de las prensas de Leipzig. Era el primer fragmento del gran poema; eran las escenas de los amores de Margarita, escritas en 1774, cuando Goethe estaba en el vigor de la lozana juventud. ¡Margarita! ¡Qué hermosa aparición! Esa imagen tan sencilla y natural de la doncella germánica, ingenua, creyente, amorosa; de la hija del pueblo, grave y modesta en la inocente tranquilidad del hogar; confiada, imprudente, criminal sin pensarlo en su apasionamiento tiernísimo y que no pierde la nobleza de sus sentimientos, ni sus santas creencias en el abismo de la deshonra, tomó desde aquel momento en los horizontes del pensamiento humano y en las cimas de la gloria el lugar destinado a las figuras inmortales que se destacan para siempre sobre el fondo luminoso de la belleza ideal.

    Y aquella imagen encantadora era creación exclusiva de Goethe: no hay rastro de ella en ninguno de los Faustos anteriores. Figuraba, sí, en la literatura popular la trágica historia de las doncellas burladas en sus amores, que apelan al infanticidio para ocultar la seducción y pagan en el patíbulo su crimen. Sin ir más lejos tenemos un ejemplo interesantísimo en el cancionero catalán y valenciano: La filla del marxant, cuyas numerosas variantes acaba de recoger y publicar, con la de muchos otros romances antiguos, el eruditísimo señor Milá y Fontanals (Romancerillo catalán. Canciones tradicionales, 1882), es una de estas desdichadas víctimas del amor.

    Pero Goethe tuvo la feliz inspiración de llevar esas femeniles desgracias, que inspiraron también a su gran amigo Friedrich Schiller una de sus mejores poesías, La infanticida, a la historia tétrica del Doctor endiablado; y el contraste de ese amor, idílico primero y después trágico, pero siempre cándido, verdadero, naturalísimo con las fantasías insensatas y los vagos anhelos de Fausto, con la mordacidad ponzoñosa de Mefistófeles, con aquel cuadro fantástico en que giran alrededor del espíritu humano las brujas y los ángeles, el Cielo y el Infierno, da al extraño poema un interés dramático, un calor del corazón, una realidad de vida que superan quizá a todas las demás bellezas que en él derramó más tarde el genio creador del sublime poeta.

    Margarita era un recuerdo de su adolescencia. En sus Memorias (Wharheit und dichtung, parte I, libro V) nos cuenta aquella primera inspiración amorosa que tan grabada quedó en él. Goethe, hijo de una familia principal de los encopetados burgueses de la imperial Francfort, ansioso de expansiones juveniles, ligóse con algunos mozuelos de clase humilde, artesanos y escribientillos, algo copleros y bastante alegres, que vendiendo sus versos y los de su noble amigo, a los que, para epitalamios o elegías, sátiras o declaraciones amorosas, se los pedían, sacaban dinero para sus modestos festines. ¡Estos fueron los comienzos literarios del autor de Fausto! En la casa donde se reunían conoció a "Gretchen" (diminutivo familiar de Margarita), joven costurera, cuya gentil belleza inspiróle uno de esos deliciosos y tímidos amores de la primera juventud que el corazón guarda escondidos. La historia de esa pasión de niño, que no llegó a declararse, es un episodio encantador. Coincidía aquel apasionamiento con las solemnísimas fiestas que celebraba Francfort para la coronación del emperador José II, y el asombro que causaban en el naciente poeta las ceremonias suntuosas del Sacro Imperio Romano Germánico, con el ritual y el aparato de la Edad Media, mezclado a su inocente embeleso por aquella amable y candorosa muchachuela, dormida en alguna ocasión sobre sus rodillas, produce tal impresión contado, que no es de extrañar la ejerciera vivísima en el alma de Goethe, que estaba abriéndose a la luz del amor y la poesía.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 05/07/2012