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El doctor Fausto en la literatura (II)

 

 

¿De dónde nació la idea de ese Doctor famoso que, descontento de los limitados medios con que cuenta el hombre en esta vida y llevado por sus aspiraciones inasequibles, se da al diablo para conseguirlas?

    Algo de esas ansias perdurables hallamos ya en la antigüedad clásica: Pigmalión y Prometeo nos dan el ejemplo de la lucha de la humanidad contra su suerte, del deseo atormentador de lo infinito, de lo ignoto, de lo sobrenatural, que el hombre quisiera realizar en la tierra por su propio esfuerzo. La intervención diabólica en esas tentaciones de nuestra impotencia y nuestro orgullo aparece después, en los primeros siglos del cristianismo; en aquellos tiempos de las leyendas místicas en las que el mal, para hacerse más patente, toma formas satánicas en la imaginación exaltada de los creyentes. Entre los muchos casos de tratos con el demonio, hallamos ya en el siglo tercero el que refirió san Gregorio Nacianceno, y ampliaron y embellecieron después varios hagiógrafos, de Cipriano, famoso encantador de Alejandría, que hizo pacto con el Espíritu infernal para obtener el amor de la cristiana Justina; historia que popularizó en Alemania, en el siglo noveno, Ado, arzobispo de Viena, y de la cual sacó más tarde nuestro calderón su comedia El mágico prodigioso, sobre cuyas conexiones con el poema de Goethe ha escrito poco ha un libro muy apreciable el señor Sánchez Moguel (catedrático de literatura española en la Universidad de Zaragoza, 1881. Esta obra fue escrita para un certamen que abrió la Real Academia de la Historia con motivo del centenario de Calderón de la Barca, y habiendo obtenido el premio fue publicada a expensas de dicha Academia. Su erudito autor opina que El mágico prodigioso sólo tiene relaciones muy indirectas con el Fausto de Goethe).

    En esa y otras leyendas parecidas estaban los primeros elementos de la historia del Doctor Fausto; pero es el caso que aquellos elementos tomaron cuerpo en un individuo de este nombre que tuvo vida real y fue convertido por la inventiva popular en personaje tan extraordinario como famoso. En la primera mitad del siglo XVI hubo en las universidades alemanas un Doctor Fausto, dado a la vida alegre y bulliciosa, que ganó fama de alquimista y brujo y, después de una existencia desordenada, murió trágicamente. Apenas muerto, corrió la voz de que se lo había llevado el Diablo, y en 1587 se daba a la estampa por primera vez su historia, llena de aventuras descomunales (Geschichte von D. Johann Fausten dem weitbeschreyten Zauberer und Sckwartzkunstler, impresa por Johann Spies en Frankfort am Main).

    Es curiosísimo este primer libro del Doctor Fausto, y si no quisiera reducir a cortas páginas este prólogo hablaría de él largamente a mis lectores, para que viesen lo que ha dado la tradición a la tragedia de Goethe y lo que ha puesto en ella el genio del poeta. La historia del descreído Doctor escribióse con la ida de apartar a los buenos creyentes de tentaciones peligrosas, presentándoles aquella víctima del Espíritu malo. ¿Proponíase el autor, como indican escritores de nuestros días, combatir el afán de novedades que alentaba en aquellos tiempos la Reforma religiosa? No me parece de tanto alcance aquel libro devoto. El Juan Fausto de esta leyenda era, en verdad, peritísimo en las ciencias más sutiles y doctor profundo en Teología; pero no se perdió por ese camino sino por ser hombre mundano, libertino e incrédulo, que para gozar la vida a sus anchas estudió ciencias ocultas en la gran escuela de magia de Cracovia, y renunciando a las Letras Sagradas, llamóse doctor en medicina, astrólogo y matemático.

    En un bosque cercano a Wittenberg evocó cierta noche al diablo, que con gran aparato de fuego presentóse al fin bajo la forma de un fraile gris y dijo llamarse Mefistófeles. Arreglóse el pacto, escrito con sangre de Fausto, que ofreció su alma al espíritu infernal para dentro de veinticuatro años; y al cabo de este tiempo, tras una vida de desenfrenados goces, reventó lastimosamente el pobre Doctor después de una cena, a la cual convidó a sus amigos y discípulos de libertinaje para darles cuenta de que se acercaba su última hora sin que le valiese para evitarla su tardío arrepentimiento.

    El devoto autor de la historia horripilante, que se complacen pintar con colores vivísimos las apariencias infernales y los pormenores de la muerte de Fausto, no nos dice gran cosa de las felicidades que el Diablo le procuró, ni de la satisfacción que halló en ellas. Lo más interesante, de lo poco que nos cuenta, es la aparición de la hermosísima Helena, que el Doctor hizo acudir a una de sus comilonas, a ruegos de sus comensales, y de la cual quedó tan prendado que la obligó a volver, y de ella tuvo un hijo a quien llamaron Justo Fausto. He ahí el germen, menudo e insignificante, de la segunda parte del poema de Goethe, de aquella concepción grandiosa en que el mundo helénico y el mundo germánico se contraponen y se completan de una manera tan nueva como poética.

    La vida de Juan Fausto Hízose, desde luego, popularísima en Alemania. Repitiéronse las ediciones, redactáronse nuevas historias del Doctor, publicóse la de su discípulo Cristóbal Wagner, y antes de concluir el siglo XVI corrían ya traducidos estos libros por Holanda, Dinamarca, Inglaterra y Francia. La leyenda era pueril y tosca; pero había en ella algo que impresiona fuertemente al corazón humano. Existe en él predisposición a admirar, aunque la razón las condene, toda audacia del espíritu, toda temeraria ruptura de las sujeciones que nos oprimen. Por eso pareció siempre tan grande la figura de Prometeo robando el fuego celeste; por eso el Doctor Fausto, como el Burlador de Sevilla, aunque sentenciados a las llamas eternas, con beneplácito y contentamiento de los que en el libro o el teatro seguían el curso de sus abominables desaguisados, ejercieron siempre sobre el público la atracción siniestra del abismo. Sería interesante estudiar cómo han ido creciendo y agitándose en la imaginación popular esas dos grandes figuras legendarias; qué fondo común hay en ellas; cómo las diversifica el carácter peculiar de los pueblos que las han creado en las orillas risueñas del Guadalquivir y en las riberas nebulosas del Rhin; qué cambios ha ido introduciendo en la tradición el espíritu móvil de los tiempos; en qué medida ha influido en esos cambios el genio de los poetas al dar forma más perfecta al tipo legendario; y cómo, por fin, vinieron Goethe en Alemania y Zorrilla en España apagar las llamas infernales y abrir las puertas de la gloria eterna a Fausto y a Don Juan.

    La historia del Doctor Juan Fausto, contenida por primera vez en el libro anónimo de Francfort, y ampliada por Widmann en 1599, publicada en Hamburgo (Warhafftige Historie von den grewlichen und abschewlichen Sünden und Lastren, auch von vielen Wunderbarlichen und seltzamen abentheuren So D. Johannes Faustus Ein Weitberuffener Schartzkunst bisz an seinen erschrecklichen getrieben), ¿tiene alguna relación con la de Juan Fust o Fausto, el famoso colega de Gutenberg en el invento de la imprenta? He aquí otro punto muy debatido por los comentadores de nuestro poema y del cual me ocuparía con alguna extensión si hubiera podido completar el estudio proyectado. París conserva la tradición del impresor Fust, que presentó a Luis Onceno un ejemplar de su Biblia, estampada por arte entonces desconocido, y que atribuido a la magia provocó persecuciones de las que escapó el ingenioso inventor, según entonces se dijo, por arte del Diablo. Han supuesto algunos autores que, irritados los monjes contra una invención que les privaba del oficio de copistas, convirtieron a Juan Fausto en nigromante, enviándolo a los infiernos; pero hoy está comprobada la existencia del Doctor Fausto del siglo XVI, posterior en más de un siglo a Gutenberg y sus primeros colaboradores, y a aquél se refería indudablemente la popular historia del Doctor que pactó con el Diablo.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 04/06/2012