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Conversaciones exquisitas (y 3)

 

 

Hermann pidió aceitunas picudillas y vino dulce.

    Zumo de uva cocido por la fermentación natural aderezado con arrope, citado en español de primera cosecha, para contrapesar un humor acerbo. Hermann libertaba con mimo arqueológico el sentido oculto que las palabras, a fuerza de repetidas, ahormadas y empadronadas, detraen al lenguaje. Lo que es siempre igual debe ser algo distinto al expresarse, se puede presentar de un modo un tanto extravagante sin prostituir ni adulterar el contenido.

    Para que a uno le hagan caso, si cree que le avalan razones ortográficas y sentimentales, no ha de pararse en barras. Es una escena representada únicamente con palabras, dibujado con péñola de ganso y tinta invisible un personaje desamparado de solidaria compaña arrostra el hecho consumado. Trágica súplica relumbra los ojos del niño en un rostro anciano. La queja: Los escritores favorecidos por una crítica impetuosamente partidaria, los firmantes de manifiestos, libelos y ucronías izados a la cofa por la militante cadena de promoción y explotación, arremeten contra el idioma, cometen faltas atroces y en pago se les menciona como maestros de la literatura en curso y soladores de la posmodernidad. Sillón académico repartido en comité de advenedizos. Es cosa corriente reivindicarse en la decadencia de la nesciente conformidad.

    Hablamos, pues, un dialecto de indigentes que destruye o desnaturaliza la comprensión de las frases, que invierte el estilo y pervierte la comunicación. El ilógico desprecio hacia la gramática es reflejo de la incapacidad intelectual. Era un vocejón quejoso, de corrector entregado a su trabajo y a su obsesión por el lenguaje digno y sustancial; perentorio en el último esfuerzo de persuasión.

    Recordando: Hace unos años aún era posible embellecer la incorrección, la flaqueza, la deformación y la parálisis. Hace un tiempo todavía cabía esperar la reparación editorial de la sintaxis, el discurso, el artículo, el apuntamiento y la obra. Hoy es insalvable la distancia entre lo escrito y lo que hubiera debido escribirse con el triunfo incontestable de la depravación lingüística, apoyada, acelerada. Es un juego a la baja, erradamente presuntuoso y suicida que resta en vez de sumar, constriñendo la memoria y la percepción a una pauta de minimalismo ampulosamente publicitado como vanguardia en los suplementos culturales de los inventores sin inventiva. Y todos tan contentos y a espantar moscas con el rabo.

    Este individuo, corrector de oficio, soportó estoicamente la erisipela pero sucumbió a la metástasis, se veía venir. La inflamatoria rojez en la dermis y los accesos febriles habrían alertado a cualquiera. Pero este embregado paladín dibujado con tinta invisible, de oficio voluntarioso y convicción inexpugnable, desechó la jubilación anticipada plantando cara (ya se dijo) a la venenosa Hidra de Lerna y a Sys el informe verraco. Nada que hacer. Se veía venir. Era un temerario embebido de heroicidad el corrector de dislates, balanceándose en la cornisa intuyó un final épico, agitador de conciencias. Claro que nunca se dijo lo que había pasado, intereses superiores lo desaconsejaban. Sólo era un apegado corrector en puertas del retiro.

    Cada día muere gente buena y mala. No hay porque llamar a las cosas en derechura si su nombre es disonante. Hay gente que no ceja en su cometido ni por recomendación. Y complican lo que es sencillo. Y desmienten el engalanado progreso.

    Contaba Hermann.

(De la obra El Avefuego y enigma)

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 18/04/2011