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Conversaciones exquisitas (2)

 

 

Alejo pidió aceitunas rayadas y una manzanilla.

    Llegó con el humor altanero y el portapliegos al hombro como un colegiado en excursión facultativa. No traslucía su semblante mayor contento por el éxito alcanzado. Alejo lidiaba cotidianamente en arenas peinadas al bies con ciclanes, ogros, capones y medusas; Areópagos de acierto predicho en el editorial de la Plataforma Instructiva de Oligarcas y Barones Federados. Hay que echarle valor y maestría a la faena, esquivando cornadas, puyas y los abucheos de la claque bien pagada. Efectiva caterva de tarados para usar y tirar.

    Los cadáveres insepultos, corruptibles y afeados, se apilan en dependencias subterráneas de las sedes en el extrarradio, con una identificación en clave consignada en el estadillo de servicios hábiles y opacos elaborado por el Arúspice de guardia; aquél que examina clandestinamente las entrañas de las víctimas para hacer presagios.

    Los prebostes de la Plataforma Instructiva se reúnen en conciliábulo secreto con la reseña de un político de la competencia o de un topo capturado o de un traidor mordido o de un agente doble de apariencia beatífica y empleo diplomático. Y designan al víreo cabeza de lista: "Hemos decidido que seas tú. No eres gran cosa pero es lo que tenemos. Limítate a desempeñar el papel de comparsa que ya dominas, no en vano son varias legislaturas de banquillo y asentimiento, pero ahora con algún discurso que recibirás en sobre cerrado a la hora en punto. Embriágate de telegenia y no te excedas en el cometido, y engola la voz para que silbe en el oído de los sordos. Eres tú el elegido. Pon la cara y sonríe, ríe, sonríe y di amén a todo y a todos. Lo demás es cosa nuestra".

    Totalmente cosa de ellos, los manejadores y los invisibles, los aficionados que tomaron la alternativa en el ruedo desmontable entre charangas y barquillos; los profesionales de la ocasión al vuelo. Atrás quedan los tiempos en que la ciencia infusa era concepto de uso peyorativo, la improvisación y la magia cosa de haraganes con vil efugio en la tarjeta de visita y listillos con escaso acomodo; el carisma una palabra sacra, un término útil para espolear al sector indeciso y de inveteradas costumbres educativas: derecho, economía, ética, de la sociedad posindustrial. Palabrería lata. Pasto de curanderos con sello ultramarino importados a peso.

    La demagogia es instrumento globalizador de recurso y molicie, oral y escrito, transitoriamente perfeccionado sobre bases sólidas, pretendidamente inalterables; tiene su origen en calderas sulfúreas (tapémonos la nariz y cubramos la boca con una profiláctica mascarilla) gobernadas por agentes patógenos incombustibles, inmunizados. Alelados, perturbados, intoxicadores, pelmas, proselitistas de la incuria. Gente detestable que a su paso deja un reguero de calamidades. Es una historia antañona, como el mundo. La leyenda maya de las divinidades progenitoras esclarece el presupuesto: "Los Creadores dotaron de inteligencia a los primeros hombres. Así estos primeros hombres conocían todos los saberes, su vista sobrepasaba las montañas, sus oídos percibían los sonidos más imperceptibles, hablaban con su boca y corrían con sus piernas. Pero los Formadores observaron en la conducta de los hombres una desmedida ambición por alcanzar el grado de Creadores y Formadores. Hubo que recortar las cualidades graciosamente conferidas, mermando la razón, la inteligencia y la capacidad de discernimiento de los rebrotes sublevados".

    Con la inepcia acumulada desde la génesis, la irresponsabilidad de los herederos crece exuberante y su antagonista se diluye en disimulos y parches; en engaños arteramente oficializados por enciclopedistas del siglo de las luces.

    En la orilla opuesta, Séneca predicaba sin mayor fortuna la prudencia y la sensatez al gobernar; por aquello de taponar los fluyentes errores del político al uso; por aquello de sacar la cabeza del estercolero. Por derrocar las vocaciones mantenidas. No, por favor, diremos algún día, educadamente, déjenos de sermones y platos recalentados, admoniciones y prédicas de estrado; no me ponga las peras a cuarto ni me cobije a la sombra de sarmientos. La necia voz fustiga sin venir a cuento, es un castigo inmerecido. Hasta aquí lo que se daba. A las íes y a las eñes no ha de faltarles ni el punto ni la tilde si uno quiere y porfía contra viento y marea.

    Contaba Alejo.

(De la obra El Avefuego y enigma)

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 04/04/2011