Esunmomento.es - Espacio de Miguel Ángel Olmedo Fornas,...

esunmomento.es

Estás en... Expresión > Narrativa

Conversaciones exquisitas (1)

 

Camilo pidió aceitunas rellenas con anchoa cantábrica y un vermú.

    Traía el humor moderado y la libreta de anotaciones desterrada al bolsillo. La vista preliminar había resultado un fiasco. Camilo esperaba un pugilato de pesos medios entre los litigantes, quizá altamente sugestionado por las muchas novelas de tema judicial y otras tantas adaptaciones cinematográficas. Un combate de legalidades y legitimidades en toda regla. Pero a la primera andanada del letrado Silvano Coroza, los demandados se precipitaron a la trinchera de erizo abandonando en su rebajamiento armas y bagajes; cosa harto infamante.

    Los abogados de la defensa, curtidos en estas lides y parapetados en un blocao de color chufa levantina, dejaron que la marea escobara a las criaturas reclamantes. A Silvano Coroza, el afamado edafólogo y jurista titular del bufete precursor y coordinador de los derechos de la Flora y la Fauna nacionales, también a su pasante Fabiano Barzal, el iris le chispeaba con la voracidad del incendio devastador que enfrentaba en juicio humano y por enésima vez a los opuestos inconciliables.

    En los bancos del público representado zumbaba la delegación de Heminópteros, secundando el burbujeo petitorio en restitución de ejemplares chamuscados de pincarrasco, alheña, cantueso, lavanda, espliego, lentisco, ortiga y acebo; ardillas, zorros, cimarrones, ciervos y jabalíes; becadas, alimoches, grajos, gavilanes y piquituertos.

    La cantilena de costumbre en las alegaciones de los pirómanos:

    "Saltó una chispa del motor..."

    "Una tormenta seca de madrugada en lugar inaccesible..."

    "Un rayo latente y ardió hasta el infierno."

    Peritajes exculpatorios realizados a la carrera:

    "Una colilla arrojada desde un vehículo en marcha..."

    "Un descuido fortuito en la quema de rastrojos..."

    "Ese tendido eléctrico obsoleto..."

    "El vendaval mortífero quemó el mundo."

    Algún testimonio sinceramente protervo:

    "Barbacoa en el bosque con meada insuficiente..."

    "Fuegos fatuos en el cenagal de las ánimas..."

    "Combustión espontánea..."

    "Hay que agilizar los trámites para salir a escape rumbo a Marte..."

    "Yo trabajo en esto."

    Con encendida oratoria, discúlpese la inconveniente expresión, Silvano Coroza solicitó del jurado un veredicto culpable y de su señoría, con la venia, una pena de extrañamiento conjunto al desierto de Atacama. Los impertérritos demandados, apretados en el hornabeque a prueba de comisiones y evidencias, confiaban en la benignidad de la legislación vigente y la muy asidua aplicación del código por parte de la judicatura. Por qué no.

    La cuantificable suma de víctimas y afectados en la sala, en los pasillos, en la escalinata y en las aceras, profería consignas de omisión deferentemente portadas en bandeja de últimas voluntades. Conminaban, amostazados, a sentenciar en grado superlativo o pasarían a la fase de insumisión perenne desestimando el trueque de seguridad por parques naturales y ofertas similares en periodo de rebajas.

    "Invertiremos en omisiones en vez de acciones, cejaremos en nuestra encomienda procreadora, modificaremos la genética en aras del individualismo urticante".

    Para tomarlo en serio.

    El ser humano es animal de emociones contrapuestas (para estorbarse mutuamente y ver qué sale), engordadas por rebaños de informaciones tendenciosas (tómese la adjetivación como cada cual guste), ofrecidas por agencias y membretes incrementando día a día la atrofia de la sensibilidad y la angostura de la inteligencia. El hombre es animal al que, a veces, le da duelo el sufrimiento y la extinción de sus hermanos irracionales; aun cuando parece que todo se quema, no todo arde, se escucha en lontananza un anuncio de buena esperanza. Pero una flor, o un trino o un chaparrón refrescante y alimenticio, no hace primavera. Más bien menudea el hacedero y muy rentable, a escuálido plazo, cultivo de la mediocridad. La agremiación de los sandios, la exaltación de la estolidez, no ha de traer beneficio.

    Claro que para ser entendido, y en este asunto es deseable, conviene apearse de la fina calificación, eufemística si se quiere, y acudir a la planicie coloquial llamando a la sandez tontería y a la necedad simpleza. O estupidez, ya puestos a señalar con puntería y enojo. O malicia instrumentada por mauleros a sueldo del erario para socavar la confianza política de los menos gregarios, de los que sacan los pies del plato, de los que no suman por colectividades subvencionadas; de los que no introducen su voto en la urna acristalada para quedar disueltos en las viejas siglas, en el pestilente magma caduco.

    Quien al cielo escupe a la cara le cae. Y la inteligencia, con tanto impedimento, va a la deriva.

    Contaba Camilo.

(De la obra El Avefuego y enigma)

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 23/03/2011