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Knulp

 

No pretendía de la vida más que presenciarla.

    Knulp, obra de Hermann Hesse.

 

Es una obra entrañable, un libro de cabecera que volveré a leer, disfrutándolo y conmoviéndome a un tiempo, tantas veces como ya he leído. Las motivaciones que expresa Knulp en su sincera declaración de haberes y deberes cuando le corresponde rendir cuentas es un ejercicio de honestidad digno de ejemplo; intenciones y enmiendas que han configurado una vida pintoresca no tan diferente a tantas vidas alrededor, apenas distinta de esa vida en ocasiones soñada cuando los caminos se dejaban andar y los lugares hospitalariamente conocer.

    Knulp, hombre peculiar, es un vagabundo por decisión propia; un vagabundo en el mejor sentido de la palabra. Esta característica rayana entre lo subjetivo y lo azaroso, más prejuzgada por el mayoritario parecer ajeno que sometida a reflexión, describe al personaje tan bien como un delator epitafio, como la más ilustre de las memorias impresas o como el vívido recuerdo de quienes con él convivieron un periodo estipuladamente corto, plenamente sentimental, o le vieron llegar y pasar esperando la nueva ocasión.

    Es ese viajero impenitente que vive a la vez que escapa y descubre, que se reconoce en los caminos mientras acopia paisajes, voces, gestos y memoria, cuenta su historia, cuando ya avista el desenlace. Nadie debe ignorar por mucho tiempo los signos que anuncian lo inevitable. Aun así, escuchando el rasgueo de la pluma que escribe el epitafio, pendiente de llegar a la última posta ¿o cree que es la penúltima?, ¿o piensa ya enajenado al delirio que será una más de tantas en las que reponer fuerzas para seguir hacia lo que se ha propuesto?,    quiere hablar. Es un deseo irreprimible. Desea exponer sincera y humildemente sus carencias, defectos, nostalgias, argumentos e ilusiones, y encuentra en lo que ha sido su hogar la inteligencia que le presta la reclamada atención, y también le habla para ser atentamente escuchado. Entonces siente alivio en su dolencia y a sus dudas les alcanza el consuelo de ser comprendidas; y a él, ese peculiar vagabundo de caminos en círculo, una digna absolución.

* * *

Knulp camina muchas distancias dentro de un perímetro reducido, porque su aventura se perfila e integra en el mundo conocido. No quiere saber por experiencia propia qué prodigios acaecen después de las habituales fronteras, quizá porque no garanticen un regreso que se mantiene firme y constante en el ánimo del vagabundo. De ahí que sea su abreviada biblioteca de viaje la que reúna en cuartillas esas curiosas y queridas poesías, máximas, recortes de periódicos y estampas de semanarios, la ambición de vuelo libre hacia destinos fabulosos con la precaución de amarrar en viejo puerto; un símbolo que no aspira a trasladarse a la realidad. Pues siendo ave de paso que siempre viene de camino y siempre va en camino, sentía una extraña angustia si se alejaba demasiado hollando territorios que no eran de jurisdicción para su ánimo, y el no menos extraño pero inefable amor a una patria chica acababa por hacerle volver ágilmente.

    Desechaba hacer planes o promesas a largo plazo, el que supera por muy poco lo inmediato; si no podía disponer de los días venideros a su libre albedrío no se sentía cómodo consigo ni en su trato con los demás. Ha de poder contar su periplo hasta la fecha y ha de querer que le cuenten las peripecias de la cotidianidad y hacerse eco de ellas como otro de los habitantes del lugar durante su estancia.

    Ciertamente gusta de compartir noticias, sucesos y expectativas, buen conversador y ocurrente, hábil captando el interés de los semejantes, siéndole familiares varios léxicos y las contraseñas de los oficios, no en vano le adornan esas varias pecunias habilidades del que ha ido aprendiendo por curiosidad tanto como por necesidad para sobrevivir; pero, voluntariamente, sin recalar demasiado tiempo entre la gente y en ninguna parte.

    Piensa el vagabundo de sus congéneres: Cómo se le notan los años a una persona cuando pasa tanto tiempo sin verla.

    Es un hombre todavía joven, física, espiritual e intelectualmente atractivo, con muchos amigos y buenos recuerdos propios y ajenos que le avalan en los reencuentros; pulido y elegante dentro de sus posibilidades, simpático, cortés y cordial.

    La acusación que, generalizada, recae en su forma de vida es la de haberse afiliado a la perenne holganza y vagabundeo de quien no tiene aptitud para el trabajo, además de rehuir las consabidas responsabilidades que obligan a los hombres cívicos: trabajo, formar una familia y comprometerse o esclavizarse con un hogar. Se le achaca, en consonancia a lo anterior, por parte de las amistades que le reciben, acogen, le atienden y prestan, el que sea un personaje de buena apariencia, atildado como para una ocasión que no llega ni se persigue.

    ¿Cómo defenderse de tamañas acusaciones? En realidad, para qué razonar una defensa convincente; él no pretendía de la vida más que presenciarla. ¿Por qué cuesta tanto entenderlo o aceptarlo?

    ¿Dónde mora la verdad que convence por igual a unos y a otros?

    Dice: Cuál sea la verdad y cómo esté propiamente ordenada la vida, son cosas que cada uno tiene que figurárselas y que no se aprenden en libro alguno.

    Pudiera ser que la ofensa al prójimo venga de su encanto de hombre de mundo, acicalado para agasajar a sus anfitriones, experimentado en el trato y la conversación, en la galantería, el consejo a distancia, el recuerdo afable y conmovedor; es una persona que pinta atractivos paisajes con la palabra, con el verbo aquilatado al propósito; es un cautivador. Demasiados atractivos para un vagabundo; excesivos peligros para la cortedad de tantos lugareños, mujeres y hombres.

    Sabe que cuando alguien blasona o se jacta de su felicidad o de su virtud, las más de las veces no hay nada de ello. Se puede observar a las gentes en su sandez; puede uno reírse de ellas o compadecerlas; pero hay que dejarlas seguir su camino; y que nada es eterno entre dos personas: son muchas las circunstancias que cercenan amores, amistades, gustos y aficiones. Porque en las relaciones entre los seres humanos late, en sordina o con estruendo, una dimensión dolorosa, un vacío que atrapa y ahoga; se aprende que entre dos personas, por muy íntimamente ligadas que estén, permanece abierto un abismo que sólo el sublime sentimiento, llámese como se llame, puede franquear, en estado de necesidad, con un puente de emergencia.

    Dice: Todo humano deleite cuanto más bello es tanto menos sacia y tanto más presto se va desvaneciendo.

    Pero lo pronuncia con amargura no con afán docente, porque con toda su alma, aquel hombre sin arraigo bebía a sorbos los variados encantos de estar en una casa, bien acogido, confortable, abrigado, enterándose de esto, sabiendo de aquello, recordando lo otro, sintiéndose parte de esa otra vida siempre incógnita.

    En opinión de este vagabundo, todos vivimos en soledad y a medida que el tiempo pasa se va uno quedando en aquello a lo que se ha acostumbrado.

    Las vidas como la de Knulp han de ser breves ya que son patrimonio exclusivo de la memoria.

* * *

Le pertenecía todo lo que había vivido, todo cuanto había soñado y todo lo que había tenido. Y, a su vez, estaba en posesión candente de todos sus fracasos, de todos los sinsabores y de todas las ilusiones frustradas. Knulp ha llegado a tener demasiados motivos para entrar en cuentas consigo; por vías largas, ímprobas e inútiles había venido a parar a aquella condición, hundiéndose más y más cada día en la maraña de su vida malograda como en un zarzal tupido, sin encontrar en ella consolación ni sentido. Ahora ya no. ¿Y antes? ¿Todo ha sido un engaño? ¿Ha sido tan aparente su vida, tan ficticia? No puede creerlo.

    Quiere hablarlo. Necesita respuestas en el presumible último trayecto hacia sí mismo.

    Retorna a su lugar de origen, la pequeña patria que se ha constituido en ideal de... No lo sabe a ciencia cierta. Parecía que... Tenía que volver, ha querido volver empujado por la prisa. Sin embargo, recrudecida la enfermedad, cuando tras días enteros a solas y en precario, abrumado por una insistente desazón por no llegar a ese lugar elegido, acertó de nuevo a mirar la ciudad acostada en lo hondo, le salieron al encuentro extrañas y hostiles resonancias y se le hizo patente que nunca pertenecería de nuevo a aquel ambiente. ¿Y antes? ¿Había pertenecido de hecho a ese ambiente? Eso no se lo pregunta.

    Knulp ha de reencontrarse con sus decisiones y no elude la tarea. Ha aprendido que una decisión consciente y firme, a cierta edad, condiciona toda la vida y a partir de ella el destino se dibuja. Las decisiones forjan la vida y ellas suelen ser fruto del carácter y de las circunstancias que envuelven a la persona en los momentos anteriores a tomarlas.

    A despecho del agotamiento, de la mortal fatiga, se sostiene sobre sus piernas y camina sin tregua como si tuviera que sacar partido intensivo del mezquino resto de sus días y correr, apresurarse cual su costumbre en busca de todas las veredas y lindes de los bosques.

    Precisa un diálogo que le es concedido en un paraje discreto, alejado de cualquier influencia humana.

    No sé si has aprovechado o perfeccionado tus dotes, pero sí que te las has gastado en ti solo.

    Cuando rastreaba alguna cosa nueva ya no había en el mundo otra para mí por una temporada.

    Dios y Knulp dialogan acerca de la carencia de fines que ha informado su vida, de cómo ésta podría haberse arreglado de otro modo, de los porqué de esto y de aquello y de las razones por las que ni lo uno ni lo otro pudieron suceder de distinta forma.

    Knulp se lamenta de que todo ha ocurrido hace mucho tiempo, cuando era joven, y de que no le sirvió de lección, de que no se convirtió en un hombre cabal cuando había tiempo para ello.

    Le exhorta Dios:

    Confórmate de una vez. ¿De qué te sirven las quejas? ¿De veras no sabes ver que todo se ha ido consumando en regla, que no hubiera podido ser de otra manera?

    De sus tumbas se levantan horas y días en los que no había pensado desde hace mucho tiempo.

    ¿No ves que por ello tuviste que ser un calavera y un trotamundos, para poder llevar a todas partes un poco de risa y enajenación pueriles para que por doquier los hombres hubieran de amarte un poco, burlarse de ti otro poco y quedarte un tanto agradecidos?

    Knulp ha sido lo que debía; ha nacido para ser exactamente lo que era.

    Le dice Dios:

    Era menester que constantemente comunicaras a la gente sedentaria un poco de la nostalgia de libertad.

   Nadie le había dicho más cosas, dado más respuestas o avivado más recuerdos que en aquel diálogo de intimidad. Todo tan valioso y confortador que devolvía sentido a su vida.

    En un paraje alejado de cualquier influencia humana.

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Escribe Mariano S. Luque, gran conocedor de la obra y el espíritu literario de Hermann Hesse, respecto de esta novela:

La figura del atildado vagabundo Knulp está trazada magistralmente, y en la descripción de sus hazañas la más sutil y benévola ironía se asocia a una honda y velada piedad. Las joviales aldeas, las amables iglesias, la pintoresca gente campesina y menestral de la Suabia de principios de siglo XX, se animan de perdurable encanto en los tres plásticos cuadros de que consta el libro. El final alcanza patética sublimidad y debe catalogarse entre los mejores momentos de la inspiración hessiana.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 22/11/2010