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Divagando

 

 

Íbamos a medias en la intención. Él tuvo la idea, súbitamente al parecer, y yo tracé la ruta un tanto precipitadamente; cada uno desplegaba sus habilidades para no quedar atrás en el resultado. Un segundo antes de empezar todavía me acomodaba al supuesto de que algo, lo que fuera pero muy poderoso, impidiera el pasatiempo que nos habíamos propuesto esa tarde calurosa. Una tormenta de verano, quizá, con abundancia de aparato eléctrico; un aviso casi urgente desde la voz que hay que obedecer.

    Vamos allá, confirmó. Sabía él que a mí me costaría cumplir con la parte del plan que llevaba mi firma. Culpa mía, estúpida vanidad. Vamos, me incitaba. Poco a poco cuando ascienda el camino, me animaba. Mi voz interna, simulando un desfallecimiento burlón me preguntaba si era mejor excusarse con la cara contrita y evidencia de fracaso o dejarse conducir a una altura de visión privilegiada sobre el mundo alrededor y sus conocidos habitantes.

    Me gusta decidir sobre la teoría mientras miro todo lo que puedo ver. Tengo buena vista, una vista aguda que no se fatiga ni en la oscuridad. Presumo de mi visión a distancia. Él no gozaba de este privilegio, y puede que por eso tironeaba de mí sin ofrecerme su mano; por eso y porque no apetecía de cargar continuamente con lastres.

    Venga, dame tu mano que me falta fuelle. Nada, que no adivinaba mi necesidad. Él a lo suyo, sube que te sube, con dos o cuatro apoyos, ágil, divertido. Venga, no seas así, hazme este favor y ya te compensaré. Nada, ignorante de mi agobio. (Toses). Un esfuerzo más. (Jadeo verídico). Ya había llegado a la cumbre y por el cielo transitaban dos nubes, una detrás de la otra, una ligera la otra atascada; él y yo en reproducción atmosférica. (Toses y una exclamación en el límite audible).

    Desde la altura vencida me miraba con el pulso acelerado, a esa velocidad de ascensión es para que le hubiera dado un soponcio, y la sonrisa amplia magnificando mi debilidad. ¡Y no podía echarle la culpa!, maldita sea.

    Una eternidad después, con ayuda de mano en brazo y brazo en cintura, alcancé el punto culminante. En seguida tomé asiento en la superficie a propósito de una roca que habrá sentido la carga de muchas fatigas en su pétrea vida. Resignación y aire a espuertas. La boca seca y la garganta reseca, un dolor establecido en las piernas y el descubrimiento fortuito, indeseado e inesperado, de un rasguño en los dedos.

    Él ya estaba atisbando todo lo posible mientras yo reconocía con disimulada aprensión las heridas de la carrera; una lucha desigual entre una postura orgullosa y la mole empinada con experiencia a raudales. Intenté convencerme de que la lucha era deleitosa, noble, genética y apasionante, cual si a mí, precisamente a mí, unas ociosas divinidades olímpicas me hubieran adjudicado la honrosísima misión de perpetuar las magnas proezas en crónicas itinerantes. No pude por menos que reír al imaginarme la escena: yo ante las magníficas presencias de los inmortales, galardonada por haber subido a trompicones y exhausta una cincuentena de metros; quizá un centenar por aquello de glorificar la hazaña.

    Mira, invitaba. Un segundo y miro.

    Pasados los segundos de protección eché vistazos huraños, qué mal perder el mío; luego, serenada y recobrado el pulso, incluso satisfecha con el aire elevado, observé el mundo en plano inferior. Un mirar vago por lo inestable, un mirar distraído por lo poco atento a ciertos movimientos, figuras aisladas y detalles de flora y fauna. A distancia de discreta vigilancia, en realidad, tanto se ve lo que se enfoca con los ojos aparentemente indagadores como lo que se imagina; que al cabo se impone. A mí me suele pasar, lo de embarcarme en los paisajes ofrecidos por la imaginación, y no tengo el menor deseo de ponerle remedio.

    Casas en torno al núcleo y casas de labor aisladas pero no a gran distancia según la medición de las aves. Casas todavía vivas, hogares en definición tradicional, tal vez ufanas de la permanencia y con un ribete de legítima altanería decorando los cimientos; habitadas a ratos las más concéntricas, las más extravagantes. Los extremos se tocan, me dije. Pero el cielo y la tierra no se mezclan ni siquiera en el horizonte.

    Posé la mirada en esa línea divisoria que mis ojos apuntaban. Seguí, interesadamente ociosa, la silueta sinuosa, moderada en la variación; también dispensé puntería al par de nubes de parsimonioso discurrir, avanzadilla del grueso agrisado asomando por lontananza. ¿Por dónde si no? Más que grisáceas, cárdenas, pero muy a lo lejos; anuncio de agua o viento. Quién sabe. Puede que nada, quedando disueltas de color y prestancia al cabo de dos vueltas de esfera de reloj.

    Dos horas de vigía y supuestos descubrimientos. Se estaba bien allá arriba dejándome llevar por lo que viniera. Me felicitaba por mi idea; ya podía reivindicarla. El esfuerzo, insistía machaconamente a mis escépticos adentros, había merecido la pena y, me animaba, la bajada sería arriesgada pero cómoda, sin comparación con el trayecto de ida. Él disfrutaba más que yo y por consiguiente me hacía poco caso, salvo que le informara de algo diferente que su curiosidad aún no había rastreado. Acababa yo de constatar una evidencia: encaramados a la historia del pequeño mundo alrededor cualquiera de nosotros teje, desteje y repite operación hasta la arrebatada saciedad o el aburrimiento o dos o tres clases de apetitos, como si esa fuera la obligación de quien ocupa un observatorio por encima del resto en un instante no siempre voluntario de su vida. Redundante tarea tan asimilable a la de dar vueltas a la noria o a la de recorrer una distancia habitual en los dos sentidos de la marcha.

    Allá por el horizonte la cosa apenas variaba, mientras hacia aquí, en el campo mundano, el juego de luces y sombras, por qué no decirlo, aportaba unas imágenes pintorescas. Y esto sin reparar, yo no lo hacía, en los personajes que a poco que se fijara en ellos eran reconocibles por sus gestos, sus inercias y los escarceos de quiero y no quiero magnificados a vista de pájaro. En cambio, allá por el horizonte una quietud casi beatífica serenaba el ánimo e invitaba a la contemplación. Poco antes pedía yo, imploraba sin despegar los labios, que un meteoro cercenara el plan vespertino; ahora me alegraba de haber sido ignorada por el hacedor de caprichos. Apreciando la obra natural y comparando, que es cosa muy humana, recordaba las transiciones cromáticas y climáticas de muchas tardes de las estaciones nómadas: la primavera y el otoño. En ellas, mágica, sobrecogedoramente, con la angustia de la incipiente depresión o con el ímpetu maniaco igualmente neurótico se pasa de la luminosidad al tenebrismo o de la bonanza a la tormenta en un soplo. Con pinceladas de trazo grueso, me decía alguien cuyo nombre callo por acogerme al derecho a la intimidad, al derecho a la privacidad, al derecho a la libre elección de voces, compañías y caminos.

    Queda lo que se dice y lo que se hace, siempre y cuando se conserve a capa y espada lo que se ha dicho y lo que se ha hecho. Y así sucesivamente, preservando, protegiendo y divulgando, en este bando de los enfrentados a lo contrario. Un excipiente de diferencia prescrito por la autoridad sanitaria más a mano, la que mora en las honduras del contenido y a ratos concede visita de médico. ¿Bien, mal? ¿Sí, no, si...? Hasta la próxima.

    Tardaré tiempo en volver a subir a esta altura. No es un decir, ni tampoco una promesa. Esto ya lo he hecho, luego toca otra cosa una vez depositados los pies a nivel del suelo cotidiano. Otra cosa que será más o menos distinta o más o menos igual que la aventura de hoy. El paisaje de mañana, puede que el de esta misma noche, es preferible que juegue al antagonismo, pues es difícil que sea tan diáfano, tan elocuente de las distancias habidas entre dos puntos situados en planos opuestos. ¿Qué digo? Planos a diferente latitud, arriba y abajo. Ahora estoy arriba, después iré hacia abajo, cuesta abajo.

    Me apoyaré en él sin no se da cuenta o hace que no se entera. Cortesía para con el inferior, el desvalido, el torpe, yo, yo, yo y mi arrogancia; él, él, él y su intrínseca pretensión de superioridad física; se abstiene de soltar prenda pero sé que echa reojos a mi fragilidad. Imagina que ha de ser así, exactamente así. Imagino que me conviene. Alguien me dijo que los descensos son rápidos por inestables y paradójicamente divertidos. Te ríes y caes, te caes y mantienes la risa estúpida para mitigar el ridículo. Estoy haciendo una montaña de un montículo. Dice que mire, miro, veo lo que señala; otro día, quizá mañana, los señalados seremos nosotros, a nosotros nos espiarán pares de ojos con ganas de reír. ¿A ver si caen? ¿A ver si tropiezan? ¿A ver si no se dan cuenta y...?

    Merezco un castigo. La desesperación es un medio al alcance de la mano para transferir la derrota a la compasión ajena. Me ha salido una frase redonda. ¡He sido yo, lleva mi marca... mi sello. Mi sello es más elegante, incluso digno. Entre quita y pongo, de mí para mí, narro una fabulilla del encogimiento venidero, por no decir bochorno que se entiende demasiado. He pasado un buen rato aquí arriba, en la cumbre de la aspiración vespertina. Y como soy incapaz de eternizarme en el momento, anticipo el siguiente caracterizado de fiasco; ambos, el momento y yo, caracterizados de fiasco.

    He gastado buena parte de mis energías en evitar lo que había producido, me recriminaba a mí misma, solapadamente para hasta en eso disimular; lo que deja a las claras que la técnica para escapar de mis redes era infructuosa, y me hacía sentir culpable y tonta. Culpable y tonta. No podía echar la culpa a nadie, ni a las malas pasadas del destino. Tonta y avergonzada. Culpable y avergonzada.

    Vamos, me incitaba. Poco a poco al descender, guiaba con la suficiencia del tutor, no sea que...

    No lo digas, no se te ocurra decirlo.

    La próxima vez tendré un plan alternativo. Sí, la próxima vez mi plan tendrá un plan de reserva.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 15/12/2008