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Opiniones sobre Miguel de Cervantes y Don Quijote (y IV)

 

Mas voces internacionales doctas y versadas.

 

El cristianismo en lontananza

De año en año se han ido descubriendo en el QUIJOTE profundidades y originalidades del sentido que no se advirtieron al primer examen.

    Desconocería el QUIJOTE quien no comprendiese que los cuentos episódicos, lejos de distraer el interés de la acción principal, son el fondo del cuadro, cuya aparente realidad sirve sólo para dar relieve a las creaciones de un genio fantástico.

    Hay, además, en toda la obra un admirable claroscuro que deja en lontananza entrever el cristianismo.

 

Carlos Augusto Hagberg, (Estudioso, crítico y bibliófilo). Cervantes y Walter Scott. Paralelo presentado al Consistorio de la Universidad. Lund, 1838.

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Idea fundamental del "Quijote"

Pues, ¿de dónde, se dirá, ha tomado Cervantes la idea y el modelo de su obra maestra? La extravagante biblioteca de Don Quijote, entregada a las llamas por el cura,  la sobrina y el ama del buen hidalgo, constituye una base muy sólida y muy real de la inmortal sátira.

    La idea fundamental de DON QUIJOTE no es, como se ha repetido tantas veces,  el contraste entre la generosidad heroica e ideal y la realidad prosaica y vulgar. No; la lucha no está aquí. Está en el entusiasmo falso y quimérico de los héroes de la historia; está entre el amor nebuloso y el amor sincero, natural y verdadero. La epopeya cómica de Cervantes era un recuerdo y un retorno a la verdad y al gusto nacionales.

 

Charles Magnin, (escritor y periodista). De la caballería en España. Ápud Revista de los dos mundos. París, agosto de 1847. 

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Grandeza de la fábula y de su autor

Cervantes es también una forma de la burla épica. Ya en 1827 el que escribe estas líneas decía que hay entre la Edad Media y la Moderna, después de la barbarie feudal, y colocados en ese punto para dar fin con ella, "dos Homeros bufones: Rabelais y Cervantes". Resumir el horror por la risa es verdaderamente terrible. Eso han hecho Rabelais y Cervantes; pero la burla de Cervantes no se parece a la franca risa de Rabelais; es el buen humor del hidalgo detrás de la jovialidad del cura. "Caballeros, yo soy el señor Miguel de Cervantes Saavedra, poeta de espada, y, en prueba de ello, manco".

    No hay en Cervantes alegría grosera; apenas se ve en él un poco de cinismo elegante. El burlón es fino, acerado, culto, delicado, casi elegante. Habría corrido el riesgo de achicarse con sus coqueterías, si no hubiera tenido el profundo sentido poético del renacimiento. Por eso su gracia no degenera nunca en desenfado. Cervantes padece una obsesión y de ella surgen todas las grandezas inesperadas de la imaginación; añadid a esto una maravillosa intuición de los hechos íntimos del espíritu y una filosofía inagotable en aspectos que parece poseer un mapa nuevo y completo del corazón humano.

    Cervantes ve lo interior del hombre. Esta filosofía se combina con el instinto cómico y novelesco, y de esta combinación proviene lo súbito, apareciendo en cada momento en sus personajes, en su acción y en su estilo. Lo imprevisto constituye una magnífica aventura. Es ley de las grandes obras que los personajes estén de acuerdo consigo mismos; pero que los hechos y las ideas se arremolinen a su alrededor, que se renueve perpetuamente la idea madre y que sople sin cesar el viento que produce los relámpagos.

    Cervantes es un combatiente: apodérase de una tesis y hace un libro social. Los poetas son combatientes del espíritu. ¿Dónde aprenden a luchar? En la lucha misma. Juvenal fue tribuno militar, y Cervantes llega de Lepanto como Dante de Campalbino y como Esquilo de Salamina. Después pasan a otra prueba: Esquilo, Juvenal y dante van al destierro y Cervantes a la cárcel.; así es la justicia con los que sirven a su patria. Cervantes tiene como poeta los tres dones soberanos: la creación, que produce los tipos cubriendo las ideas de carne y hueso; la invención, que hace chocar las pasiones contra los sucesos y al hombre contra el destino, produciendo el drama y la imaginación, que, siendo el sol, hace el claroscuro en todas partes, produce el relieve y da la vida. La observación, aunque se adquiere y en tal respecto es más bien una cualidad que un don, va unida a la creación. Si el avaro no hubiese sido observado, no se habría creado Harpagón (personaje central de El avaro, de Molière).

    Con Cervantes hace resueltamente su entrada un recién venido, vislumbrado por Rabelais, el buen sentido, el sentido común; el cual se percibe en Panurgo y se ve de lleno en Sancho Panza. Llega como el Sileno de Plauto, pudiendo decir como él: "Soy el dios montado en un asno". La sagacidad aparece muy pronto y la razón muy tarde: así es la historia extraña del espíritu humano. ¿Hay algo más sabio que las religiones y algo que sea menos racional? El sentido común no es la perspicacia ni la razón; participa de ambas con cierta mezcla de egoísmo. Cervantes lo monta a caballo en la ignorancia y al heroísmo en la fatiga, rematando así a un mismo tiempo su profunda ironía, y mostrando y parodiando de esta suerte combinados, los dos perfiles del hombre, sin tener piedad ni de lo sublime ni de lo grotesco. El hipogrifo se convierte en Rocinante. Detrás del personaje ecuestre, Cervantes crea y pone en marcha al personaje asnal. El entusiasmo entra en campaña, pero la ironía detiene sus pasos. El asno, que conoce los molinos, juzga los famosos hechos de Don Quijote, sus espolazos y sus lanzadas. La invención de Cervantes es magistral hasta el punto de que hay adherencia estatutaria entre el hombre-tipo y su cuadrúpedo complementario; el razonador y el aventurero se identifican con sus cabalgaduras d tal suerte, que es imposible desmontar a Sancho Panza y a Don Quijote.

    Cervantes contempla el ideal como Dante; pero juzgándolo de imposible realización, se burla de él. Beatriz se convierte en Dulcinea. La burla del ideal sería gran defecto en Cervantes, pero este defecto no es más que aparente; observad con atención y veréis que en su sonrisa hay una lágrima. En realidad Cervantes simpatiza con Don Quijote, como Molière con Alcestes. Es preciso saber leer en estos libros, y en particular en los del siglo XVI: a causa de las amenazas que pesaban sobre la libertad de pensar, hay en la mayor parte de ellos un secreto que es necesario abrir con una llave que se pierde con frecuencia. Rabelais tiene algo que se sobreentiende; Cervantes tiene un aparte, Maquiavelo un doble fondo, un triple fondo tal vez. De todos modos, el advenimiento del sentido común es el gran hecho de Cervantes.

 

Víctor Hugo, (Dramaturgo, poeta y crítico). William Shakespeare. París, 1864. 

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La lágrima del "Quijote"

Si queremos obrar con verdad al juzgar el QUIJOTE, es preciso secar esta lágrima que de algún tiempo a esta parte se ha querido unir a la sonrisa, o cuando menos, es menester decir para que el mundo lo sepa: Esta lágrima se la hemos puesto nosotros, porque creemos que le sienta mejor.

 

Charles Augustine de Sainte-Beuve, (crítico literario y escritor). Don Quijote. Ápud Les neuveaux lundis, Volumen VIII. París, 1864.

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La verdad de Cervantes

¡Es decir, que el autor del QUIJOTE habría causado la decadencia que quiso conjurar! ¡Sería el autor de ella porque fue su testigo! ¡Por haberla previsto, la habría causad! No; ya hemos visto las obras de su primera época, enteramente caballerescas. Cervantes no era, como Byron, un gran señor disgustado de su patria, que, al reclamar para Don Juan privilegios de casta, se imagina reclamar la libertad.

    Nada había en él de las envidias y de los odios que en todos los tiempos y sitios dejan tras sí las convulsiones sociales. Habla de la nobleza con justicia; de la caballería con la elocuencia de un amor burlado, y de su país, con tal ausencia de odio, que su cordial jovialidad le granjea toda la patria.

    Cervantes lucha por la verdad, que cree más bella que la misma belleza.

 

Émile Chasles, (historiador, estudioso y editor). Miguel de Cervantes: vida, tiempo, obra política y literaria. París, 1886. 

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Designio del sublime español

El DON QUIJOTE no tuvo por designio desacreditar los libros de caballerías, ni matar el espíritu caballeresco. Lector, tal vez entusiasta de ellos, Cervantes pensó un día en el cómico efecto que en la España de los Felipes II y III produciría el hombre que acometiese la tarea de resucitar las hazañas y el modo de proceder de los caballeros andantes. De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso. La concepción primitiva de Cervantes no fue positivamente sino la de una chistosa parodia, sin que le moviesen ni las ridículas intenciones alegóricas de que le quieren hacer responsable sus comentadores, ni el intento de acabar con los libros de caballerías, como él mismo alegó para alegar algo que se adaptase a la tradicional gravedad de los prólogos de su siglo; ni mucho menos aún, el de matar el espíritu caballeresco, del cual él, Cervantes, era, sin duda alguna, un legítimo representante.

    ¡Fuera, fríos comentadores! Vuestras necias teorías y vuestras pedantes suposiciones! ¡Imagináis que Cervantes se entretuvo en el silencio de su gabinete, o de su cárcel, fabricando dos figuras mecánicas que representasen ésta la poesía, aquélla la prosa, una el espíritu, la otra la materia, o que estuvo imaginando el símbolo de la sabiduría para encarnarlo en la figura de Dulcinea! ¡Suponéis que estuvo, según unos, tratando de presentar la fórmula del verdadero caballero andante; según otros, de dibujar su caricatura, como su remedador Avellaneda o como su castísimo imitador inglés, Butler! ¡No! Lo que el sublime escritor español hizo fue crear dos figuras profundamente humanas, no por los mecánicos procesos de la alegoría o del arte reflexivo, que nunca puede dar más que títeres, sino por la fuerza irresistible de la inspiración y del genio.

 

Manuel Pinheiro Chagas, (escritor, periodista y político). Prefacio. En la traducción portuguesa del Quijote. Porto, Vizcondes de Castilho y de Azevedo, 1876.

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La fe en lo eterno

¿Qué representa Don Quijote? Ante todo la fe; la fe en algo eterno, inmutable, en la verdad, en aquella verdad que reside fuera del yo, que no se entrega fácilmente, que quiere ser cortejada y a la cual nos sacrificamos, pero que acaba por rendirse a la constancia del servicio y a la energía del sacrificio.

    La muerte de Don Quijote inunda el alma de indecible emoción. Entonces es cuando el gran carácter del personaje se revela en todas las miradas. Cuando su escudero, para consolarle, le dice que pronto volverán a correr nuevas aventuras: No, responde el moribundo, yo fui loco y ya soy cuerdo; fui Don Quijote de la Mancha, y soy ahora Alonso Quijano el Bueno! ¡Qué notabilísima palabra! Este nombre evocado aquí por primera y última vez, conmueve singularmente al lector. Todo pasa, dignidades, poderes, genio universal; todo se convierte en polvo. Todo, excepto las buenas obras; éstas viven más que la más fulgurante belleza. Todo pasa, ha dicho el Apóstol, sólo la caridad vivifica.

 

Ivan Tourgueneff, (escritor, estudioso y bibliófilo). Hamlet y Don Quijote. Ápud Revista Europea, vol. XV. Barcelona, López, 1879.

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Afirmación del ideal

Cervantes, lleno de nobles intentos, perseguido y encerrado en una cárcel, debió de comenzar a hacer profundas reflexiones sobre su propia vida; y entonces se decidió a reírse de sí mismo para idealizar y hacer típico el personaje de Don Quijote. Ninguna obra literaria merece, en este concepto, el más complejo homenaje humano tanto como Don Quijote. ¿Se dirá que el libro intenta destruir el ideal? No sería justo. No sólo afirma Cervantes la existencia del ideal sino que haciéndonos simpático, a pesar de todas las desgracias, al caballero de las causas perdidas, demuestra bien claramente que él, creador de aquel tipo de caballero infortunado, todavía cree en la belleza.

    Es posible, y aun muy probable, que uno de los fines de Cervantes fuese hacer caer en desuso la lectura de los libros de caballerías; pero no es posible que por un solo objeto de polémica literaria compusiese tal obra maestra. Debió de proponerse algo más importante; y si quizás no se puede creer que estuviese dominado por toda aquella filosofía humanitaria con que algunos críticos modernos, anticipando los tiempos, le han adornado, nada nos impide suponer que haya puesto algo personal en su obra, que con el personaje de Don Quijote entendiese hacer un poco de humorismo sobre sí mismo, probando luego a zaherir aquí y allá a algunos de sus enemigos.

    Por tanto, si, con la potencia del verdadero genio, consiguió enseñar a los españoles que su pasión por las novelas caballerescas era vana y obtener que no se volviese a escribir otra alguna, por este grande efecto obtenido no se debe argumentar que sólo a ello se dirigiera Cervantes con su arte.

 

Angelo de Gubernatis, (literato, editor y filólogo). Historia Universal de la Literatura. Milán, 1883.

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Cervantes y Homero

El DON QUIJOTE es, como la Ilíada y la Odisea de Homero, la más imperecedera obra maestra épica de todas las literaturas.

 

Schmidt & Sternaur, (editores). Prospecto. De la traducción alemana del Quijote. Por Ernst von Wolzogen. (Crítico cultural y escritor). Berlín, 1884.

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Cervantes se quedó solo

No efectuó la admiración universal del QUIJOTE ningún cambio favorable en la situación del poeta. Era pobre y desvalido, y continuó siéndolo; pues cuanto más profundamente conocía a los hombres, tanto menos conocía el arte de favorecerse a sí propio.

    Por otra parte, y en todo caso, había, sin duda, en la forma de hablar y escribir de nuestro poeta, en su manera de ser, algo mordaz y acre que tenía poco de común con la indispensable diplomacia de la gente del mundo. Precisamente él debía de saberlo por experiencia propia. Sintióse demasiado superior en su obra para dejarse llevar por las reglas del comercio del mundo, y se quedó solo. Son escasos los temperamentos que consiguen que, al pensar en sus obras, los lectores recuerden también al poeta.

    Cervantes enriqueció al mundo y él se quedó pobre.

 

Ludwig Braunfels, (filólogo, filósofo, abogado, escritor y traductor). Introducción a su versión alemana del Quijote. Stuttgart, 1884.

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 06/10/2008