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Una imagen viva

 

 

Estamos vivos y escapados de la fotografía. No aparecemos insertos, por más que se busque, en el recuerdo decorosa y sentimentalmente conservado en la guía de la localización, el suspiro y esa frase pertinente renovada o incorporada según la época de revista. Una enciclopedia compuesta por tomos gruesos, de sobrio grabado, donde recalan con su anuencia o pese a su infructuosa oposición las instantáneas de vidas familiares, allegadas o fortuitas y evanescentes como los díscolos fantasmas.

    Muertos y vivos. Todavía vivos o aún muertos, con cara de vivo o con el rostro propendiendo hacia la muerte cual anticipo de lo que indefectiblemente habrá de suceder un día como otro cualquiera y alguna vez a voluntad. En disposición al encuadre o pillados en una relativa sorpresa derivada en sonrisa, risa o comprensiva exclamación. Captura, arrebato, plasmación, efeméride. De ahí a la posteridad, sometidos sin posible o con mermada defensa al juicio temible sea benévolo o mordaz, sea certero o incoado en varias imaginaciones con propósitos dispares. Localización, suspiro y frase. 

    Era tan alegre, se hacía querer. Qué hombre tan animado... y gentil, apegado a la vida, ¿verdad?

    Verdad de la buena.

    Servicial como pocos.

    Está muerto el pariente animado y gentil, dicharachero, el alma de las antiguas fiestas, aunque la fotografía derroche vitalidad y se haya plastificado.

    Con el inexorable paso de los días y los años, la vida cambia a otro estado del que se tiene noticia en una primera fase: la evidente, la certificada por un facultativo e inscrita al cabo, por imperativo legal y conveniencia sucesoria, en el registro correspondiente. Un estado del que se carece de noticias fidedignas más allá, dígase lo que se diga, cóbrese o páguese. Mejor así.

    ¡Dónde va a parar! 

    Algunas fotografías reflejan acontecimientos venideros con una fiabilidad que estremece. Claro que, a toro pasado, lo de: "Ya lo decía yo", carece de valor.

    Así cualquiera.

    Me lo dirá usted a mí.

    Insisto en lo anterior; algunas imágenes nos trasladan hacia el futuro con garantía de acierto. Rostros y gestos que acogen, no sé si contra su voluntad, una consecuencia. Observe quien así lo estime oportuno, las fotografías de nacidos antes de una catástrofe, natural o inducida por la humana tendencia, y en ella o por ella fallecidos; probablemente advierta un signo precursor del drama. No voy a poner ejemplos para no entablar agravios comparativos en el círculo de afines.

    Se nota, yo lo he notado. 

    Es una delación aportada fuera de plazo.

    Pues vaya.

    Queda en el aire un tanto condensado de la reflexión, con el tomo de la historia en el regazo o sobre la mesa o acunado respetuosamente por manos entonces delicadas, la confusa semejanza entre lo que fue y lo que pudo ser, así como la capciosa similitud entre lo que se ve y lo que se cree distinguir.

    Forma parte del juego de la vida el recrear las circunstancias que la condicionan. También forma parte del juego de la vida el conceder espacio al misterio, a lo inasible, a la posibilidad. Como cuando azota la terrible desgracia, la insufrible incertidumbre de la desaparición. La sacudidora y al tiempo esperanzada visión fotográfica de la persona que es y no está, arrebatada de su mundo para conducirla a un estado legal de tránsito entre la suposición y la sentencia.

    Abatidos por la congoja esperan y desesperan tanto los que piden como los que anhelan.

    Es la muerte en vida para unos y los otros.

    Una nube de tristeza es empujada por la algodonosa nube de la resignación,  después de un paréntesis cuyo cierre ni se atisba; una resignación forzada, benevolente con el continuado sufrimiento; casi como un bálsamo que atempera el ánimo hasta el desenlace terrenal que, con fe, augura un encuentro en lugar protegido de tamaña desdicha.

    Una página triste.

    La que más.

    La siguiente, mediado el tomo, pretendida al azar: "A ver qué depara", brinda sosiego, paz espiritual, alivio en suma. Renace el vivir cotidiano con tintes activos, aflora el sentimiento pícaro, el deleite del añadido morboso acotado a los supuestos devaneos, las concupiscencias presumibles, los conatos de aventura imposibles de discernir cabalmente entre el acarreo gratuito y muy interesado por el motivo que a cada cual incumba de ornatos y de nimbos.

    De vuelta a las nubes.

    Eso parece.

    Nosotros, como las nubes que vienen y van, caprichosas en la forma y en el matiz, próximas aunque distantes para no ser atrapadas sino por la mirada afectiva de un viajero curioso, estamos vivos y escapados hasta la fecha del inmutable retrato.

(De la obra Piezas sueltas)

Miguel Ángel Olmedo Fornas

¬ 16/05/2008