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Cultura popular y cultura de masas

 

 

Definir la cultura popular de una manera concreta sin incurrir en tendencias o subjetividades de cariz pretencioso me parece impensable. Y es que la noción de cultura popular es decididamente ambigua.

    Se desprende del apelativo popular un ámbito de capas sociales, de estratificación en todos los órdenes; luego, la cultura debe disponer de su lugar en cada uno de los niveles. Léase o interprétese que las capas populares disponen de una cultura que no es coincidente ni recíproca con otra u otras establecidas en ascenso o descenso social. El adjetivo ‘popular' introduce subrepticiamente una brecha de competencia sociológica; dicho con solemne certidumbre e ironía a la par.

    La adjetivación de la cultura implica una distinción en sus manifestaciones: unas serán formas superiores de cultura, a las cuales se accede desde unas posiciones catalogadas de privilegio, financieras y educativas, y otras formas que reciben el apelativo de populares y no el de medias o inferiores por el sustrato que se les adjudica.

    El interés que suscita la cultura popular sea en ámbitos oficiales, investigadores o propagandísticos de toda laya, se justifica por su tendencia a desvelar o redescubrir el folclore o los aspectos más pintorescos, aunque intrínsecos, de la sociedad analizada. No obstante, aun siendo el folclore parte notable de la cultura popular, ésta es mucho más, pues atañe a un modo de vivir influyendo en las experiencias y las actividades comprendidas entre el nacimiento y la muerte.

    La cultura, sin adjetivos ni apostillas, no abarca únicamente la obra humana diversificada en capítulos inextricablemente vinculados a la edad, las circunstancias socioeconómicas, la capacidad física y la capacidad intelectual. Es un concepto tan amplio como cada cual estime oportuno en su juicio científico.

    La cultura popular, sin embargo, es más reducida en su concepto y valoración pública; comprende también y genéricamente el nacer y el morir pero su significación cultural se expresa menos por textos literarios o creaciones artísticas que por el conjunto de actitudes, de comportamientos, de prácticas y de rituales en diferente grado de discreción.

    Si la cultura popular adquiere valor de educación, significa entonces el conjunto de los instrumentos que permiten a los ‘medios populares' participar  equitativamente de las ‘formas superiores de cultura'. Este esfuerzo educativo que implica la idea de cultura ha dado origen a iniciativas conducentes a fomentar el estudio y el desarrollo de actividades prácticas marcadamente didácticas y socializadoras; en buena medida, los medios de comunicación de masas son vehículos de difusión de la cultura considerada popular. En contrapartida, y excesivamente silenciado el efecto, los medios de comunicación de masas aleccionan a una parte enorme de la sociedad configurando opinión, percepción, disposición y acatamiento sino sumisión. Lo uno no debería ir por lo otro.

    Es ridículo, aún más, es estúpido, suponer que a través de un aparato receptor de imágenes y sonidos la cultura ya es patrimonio en esa casa, en ese grupo, en esa comunidad.

    Luego, no hay que confundir la cultura popular con la cultura de masas. Cada una es la que es y presenta sus características diferenciadamente respecto de la otra.

Esta polaridad que determina que la cultura popular es la propia de las capas populares y, a la vez, significa la participación de tales capas en el conjunto de una cultura o de la cultura, no se encuentra en lo que se ha dado en llamar cultura de masas, un convencionalismo que engloba al conjunto de medios cuya función es doble: generar necesidades culturales en el mayor número de individuos y satisfacerlas.

    Los partidarios de las formas tradicionales de la cultura recelan, o directamente rechazan, de la intrusión masiva de los medios y de la publicidad machacona que les acompaña, allá donde debiera imperar la libertad del espíritu. Se origina un conflicto abierto entre los medios de comunicación y de expresión constantemente evolutivos tanto en la creación como en la difusión respecto a las facetas sociológicas, pedagógicas y culturales.

   

En el término cultura de masas se yuxtaponen dos nociones: la de masas y la de cultura. Sujeta a la definición ahormada de cultura de masas, la cultura se corresponde con una realidad económica y produce una denominada industria de la cultura o industrias culturales.

 

La evolución de la idea de cultura está en función de las condiciones políticas, político-ideológicas y económicas; de ahí que no deban a priori rechazarse nuevas formas de expresión y situaciones originales, incluso cabe pensar que son genuinas, por la referencia estricta a una idea de cultura fijada históricamente y con vocación de perpetuidad.

    En cuanto se emplea la palabra cultura viene a la evocación, quiérase o no, algunos principios inherentes a la idea de cultura. Consideremos dos de ellos, sobresalientes.

    En primer lugar, la idea de formación y de educación en el sentido más amplio que se conciba; íntimamente asociada a la génesis de la idea de cultura, cuyo desarrollo mismo está ligado al del Derecho Natural. La idea de cultura exige que el espacio humano disponga de organización, que se constituyan cuerpos políticos. Aplicado a la cultura popular y, con mayor razón, a la cultura de masas, este principio implica la idea de formación y educación. El pueblo al cual se dirige la cultura popular debe comprometerse en un proceso de transformación, de ennoblecimiento, decía Friedrich Schiller, a la vez que preserva los valores auténticos y los modos de ser que conforman su especificidad. En consecuencia, la masa debe dejar de ser una masa; en otras palabras, debe abandonar su condición de agregado de individuos aislados en un anonimato informe que desnaturaliza la existencia humana. La idea de cultura es en sí dinámica. La toma de conciencia de este principio permite formular lo siguiente: La cultura popular y la cultura de masas plantean problemas políticos, sociales y económicos que no pueden ser resueltos por los medios inherentes a la cultura.

    El segundo principio expresa el fundamento mismo de una de esas actividades y experiencias consideradas esenciales en toda cultura: hablar y comunicar. Desde este punto de vista, la palabra y la comunicación no se limitan a la transmisión de un mensaje o de una información ya que establecen relaciones existenciales, no entre locutores sino entre personas vivas, de las cuales, cada una, por la palabra y la comunicación, toma conciencia de su yo y se asocia a múltiples comunidades. Las industrias culturales el nombre es lamentable y lo que de él deriva todavía peor si se atienen a un comportamiento industrial si aprecian la cultura sólo como un sector mercantil sujeto a la disciplina mercantilista, conducen a ese pueblo o esa masa a la que se dirigen a un estado de mera receptividad; una pasividad alienante. La comunicación, en ese caso, funciona en una sola dirección y tiende a sustituir la educación, apropiándosela, con la manipulación.

 

La dimensión política y sociológica de la idea de cultura se manifiesta en el papel que asume el Estado, a veces indiferente a veces intervensionista, con mayor o menor fortuna en dominios muy diversos.

    El temor de sometimiento al grupo dirigente, siempre político y a menudo ideologizado, está presente en todos aquellos que huyen, deploran y combaten una idea uniformadora de cultura. Con solo leer u oír la denominación, usualmente ampulosa, de las misiones y de las tareas que el Estado genéricamente definido, sin distinción ahora del régimen político en él inserto se propone asumir demuestra el deseo de control bajo el eufemismo de organización o el consabido y aterrador planificación.

    Al leer o escuchar las declaraciones de tantos y tantos políticos, independientes de su grado real de inteligencia y preparación para el cargo, parece que el compromiso que manifiestan con la causa de la cultura es verídico, prioritario y hasta total. Luego, los hechos alumbran las falacias y ese anhelo irreprimible de controlar, imponer y someter todas las voces y todas las manifestaciones en una; además, subvencionada para así mejor dominarla.

    Hay que esforzarse para poder respirar con tanta presión organizada, asomando por cualquier rendija la dignidad del compromiso por una cultura abierta, varia, liberada de pautas políticas y accesible en su función a quienes quieran a ella vincularse.

Ramón Ponce

¬ 06/03/2010